La intuición, la aliada de nuestro yo

Todos tenemos intuición. Nacemos  teniendo esta habilidad que nos permite conocer y percibir la vida de forma inmediata, sin la intervención de la razón. Al crecer hay personas más capaces de desarrollarla y otros, en cambio, la ignoran, dejándose llevar solo por la razón y lo conocido mentalmente.

Todos en algún momento de nuestras vidas hemos experimentado instantes de intuición. En general, los rechazamos por no tener lógica y dudamos que tengan algún fundamento, porque nos han educado orientándonos hacia la razón, la explicación y el conocimiento. Creemos que necesitamos entender, que entender nos da seguridad al actuar, que necesitamos entender para conquistarnos a nosotros mismos. Y esto, en el fondo, es una simple creencia.

La intuición la reinterpretamos como una revelación. En cambio, no sabemos que nos permite reconocer, aprender y experimentar la verdad. También está vinculada a reacciones y sensaciones, más que a pensamientos elaborados y abstractos. No es una iluminación divina, sino una habilidad que nos ayuda a tomar una decisión. Es ella quien, en un instante, nos permite valorar si una persona es de fiar o no.

La intuición va más allá de la razón, sin oponerse a ella.

Nos acerca a la creatividad, la cooperación y nos conduce más allá de lo que pensamos. Aunque no la comprendamos del todo, está para guiarnos en el difícil arte de transitar por la vida. La intuición se siente más que se piensa. Nos suele enviar mensajes a veces un poco complejos como sensaciones, formas o palabras que no entendemos.

¡Demos libertad a nuestra mente y escuchemos nuestras emociones!

Entender qué sentimos en nuestro mundo interior ayuda a sentir calma y equilibrio. Desarrollar la atención y practicar el silencio, permitirán desarrollar la intuición.

¿Podemos garantizar entonces que si seguimos nuestra intuición tomaremos las decisiones más adecuadas? Nadie lo puede garantizar. En cambio, con ella, conseguiremos actuar de acuerdo a nuestra esencia, valores, emociones y de acuerdo a nuestras experiencias previas. Este proceso se da de manera inconsciente y tiene variables que dependen de la personalidad y creencias de cada persona.

Obviamente hay factores que dificultan el desarrollo de la intuición. Por ejemplo, la indecisión, la razón, el miedo a equivocarnos y la falta de confianza. Todo esto la obstaculizan.

Se la conoce como la parte del inconsciente adaptativo. Cada cosa que sentimos aprendiendo, que interiorizamos, que experimentamos, riega una semilla que va creando nuestra esencia que usamos casi sin darnos cuenta.

Sirve también como canalizador para separar y decidir hacia el arte de descartar. La obtenemos a través de vivencias pasadas similares y esto nos permite conseguir una deducción creativa de los problemas que se nos presentan. Se manifiesta en situaciones de riesgo, en las que no tenemos margen para razonar o analizar permitiéndonos una reacción inmediata o un segundo de duda antes de emprender una acción.

Aprendemos a partir de ensayo-error.

La intuición opera sobre la empatía, permitiéndonos saber el estado anímico de una persona sin que la conozcamos, o sin que haya manifestaciones suyas. Se adquiere a través aprendizaje asociativo e imitación.

El trabajo con mis alumnos me ha ayudado a desarrollarla aprovechando mejor el potencial de la mente, resuelvo mejor las dificultades, soy más creativo, tomando mejores decisiones y me permite tener relaciones de cooperación y empatía.

 

Dedicado con agradecimiento a Gemma Pujol

Mantra para el desapego

Aceptación

Te acepto tal cual eres.
Acepto que no estás preparada para salir de tu individualismo.
Acepto tu forma de gestionar el sufrimiento. Lo estás haciendo lo mejor que puedes.
Acepto que me culpes y que me responsabilices a mí y a la relación de todo tu sufrimiento.
Acepto que te estés equivocando.
Acepto que lo que necesitas ahora de mí es que te deje hacer y que te deje equivocarte. Acepto este papel.
Acepto que tienes que ver por ti sola y cuando estés preparada, ver tu parte de responsabilidad. No es responsabilidad mía hacértelo ver.
Acepto que mi responsabilidad recae sobre la gestión de mis emociones y mis acciones, no sobre las tuyas.
Acepto que la vida te traiga lo que te tenga que traer.
Acepto que ni puedo ni quiero controlar qué pasará en el futuro.
Acepto que te dejo crecer y madurar por ti sola.

Soltar

Renuncio a cualquier expectativa que tuviera sobre ti.
Me libero de toda expectativa sobre ti.
No espero nada de ti. Te libero y me libero.
No quiero que me trates de ninguna manera, no quiero que me hables de ninguna manera. Sé tú misma.
No quiero que cambies porque no espero que hagas nada, ni que digas nada, ni que sientas nada, ni que pienses nada. Retiro todas mis expectativas sobre ti.
Te quiero y te acepto tal cual eres.
No necesito nada de ti y te acepto tal cual eres. No deseo que cambies. Renuncio a todas mis expectativas sobre ti.

Gratitud

Agradezco todos los buenos momentos que hemos pasado.
Agradezco que la vida nos haya hecho coincidir.
Agradezco ser tu amiga.
Agradezco el crecimiento que me supone ser tu amiga.
Agradezco el crecimiento que conseguiré dejándote hacer y crecer por ti sola
Agradezco conocerte y deseo que seas feliz.

Límites

Deseo explicarte mis límites con asertividad.
Prefiero en todo momento contarte mis límites con naturalidad.
Te acompañaré y te enseñaré pacientemente mis límites.
Te enseñaré con calma hasta que aprendas.
Me propongo libremente alcanzar un buen grado de comunicación contigo.
Te pediré sólo que hagas aquello por lo que estás preparada en cada momento.
Te ayudaré a crecer sin herirte, aprendiendo tu forma de ser.

Dedicado con afecto a Aniol Santacreu

Ahí mismo

‘Todos estamos ahí mismo’ es una expresión clara, sencilla y sincera que nos recuerda que todos tenemos un poderoso ego: inteligente, sutil y perseverante, y que siempre está al acecho.

Se trata de recordarnos nuestra humildad, sobre todo, en las personas que mejoramos nuestro nivel de conciencia. Busca también recordarnos nuestra vulnerabilidad y así mantener a raya esa herramienta tan poderosa del ego llamada vanidad.

‘Todos estamos ahí mismo’ es una forma eficaz, directa y asimilable fácilmente por nuestra mente de decirnos que el camino es siempre, que los que estamos en un proceso de mejora personal tomamos plena consciencia que es vital, no temporal.

El ego es nuestra segunda piel, es la máscara que esconde nuestras culpas y miedos y que, con una tenacidad increíble, nos lleva al pasado o al futuro –impidiéndonos el presente donde no hay dolor– rutinariamente para hacernos sufrir.

‘Todos estamos ahí mismo’ es un grito de sinceridad para con uno mismo y también para con los demás. Es una manera de tomar conciencia de que, estando alerta, sabremos gestionar las tendencias rutinarias de nuestro ego, pero solo si estamos alerta.

Es también una manera de vincularnos, un tipo de complicidad que, una y otra vez, nos recuerda el camino andado y el que queda por recorrer. Eso sí, sin esfuerzo ni sacrificio, solo aprender con naturalidad como lo hicimos al respirar.

‘Todos estamos ahí mismo’ es un grito de libertad, es una campana que resuena dentro fruto de nuestro trabajo en nosotros mismos. Es un recordatorio para vivir alerta, sin miedos ni culpas. Esta frase nos une, nos identifica como únicos, en constante cambio, como humanos que somos.

¡Gracias Bet Net por estar ahí mismo!

Con estima, dedicado a Bet Net.

Los conflictos y cómo afrontarlos de manera exitosa

los conflictos

Los conflictos interpersonales a menudo se derivan de necesidades o intereses legítimamente diferentes y que, en un momento dado, surgen como una dificultad que pone a prueba la relación con alguien. Muchos de los conflictos no tienen la razón de ser en aquello que lo hace presente, sino en causas anteriores no muy resueltas o aclaradas.

Afrontar quiere decir resolver los conflictos con los otros, dar la cara sin eludir el encuentro con aquella situación en la que pensamos que estaremos incómodos.

En un conflicto con otra persona, evitar es perder la oportunidad de crecer como individuo, porque aquello no resuelto nos hará sufrir y generará frustración. Decirnos que el tiempo ya lo arreglará y que la culpa es del otro son solo excusas hacia un mismo.

En un conflicto la responsabilidad es compartida. No hay culpables. ¡Todos somos responsables!

A mí me gusta mucho buscar el momento adecuado para afrontar. No actuar desde la inercia emocional, sino desde el raciocinio, cuando estoy preparado. Porque, como todas las cualidades de la Inteligencia Emocional Aplicada, la empatía y la asertividad necesarias para afrontar, en buenas condiciones y por no empeorar más el conflicto, primero tienen que ser con un mismo.

Los miedos al ridículo, al error y al fracaso son detonantes clásicos de la culpa y la decepción con un mismo. Esquivando los otros, perdemos relaciones por conflictos muy sencillos de resolver por culpa de no tener herramientas emocionales a mano.

No nos creemos suficientes merecedores de afrontar las situaciones de disparidad de criterios o de diferentes opiniones. Tenemos miedo de no ser aprobados y ser, en cambio, merecedores de una actitud de juicio por parte del otro, cuando en realidad somos nosotros mismos que, no acostumbrados a confrontarnos, nos juzgamos constantemente con mucha dureza. Por eso, busco siempre que puedo la verdad soportable como herramienta, que me facilita que aquello que quiero decir estoy listo para decirlo y, además, procuro empatizar con el otro de que sea también un buen momento para escucharlo.

Cuando nos decidimos a afrontar las situaciones con otros y buscar resolver el conflicto no quiere decir que vuelvan las cosas a ser como antes. Dependerá si la confianza se ha malogrado. Las relaciones pueden salir fortalecidas después de un conflicto porque hemos abordado la situación acertadamente y el otro así lo percibe. O también puede ser que no mejore o que no consigas conducir la relación donde querrías, porque el otro así lo ha decidido. Aquí no podemos hacer más, no está a nuestro alcance decidir por el otro, pero nos habremos quedado bien con nosotros qué es lo más importante.

Sentirnos bien con nuestros comportamientos sube la autoestima. No afrontar las situaciones con los otros, la baja.

Cuando abordamos un conflicto es muy conveniente primero manifestar cierto grado de empatía con el otro, abriendo así su interés por nosotros. Expresar libremente cómo nos hemos sentido en aquella situación. Para finalmente y, a ser posible, ofrecer una alternativa de cómo nos hubiera sido aceptable para nosotros y como lo querríamos de ahora en adelante.

La veracidad de los miedos

miedos

¿Son ciertos los miedos que sentimos? ¿Realmente son como los sentimos? El miedo es la emoción que ha permitido a nuestra especie sobrevivir. Es una emoción que nos alerta de posibles peligros y por lo tanto nos da la oportunidad de elegir qué decisión tomar ante dicho peligro.

Pero, a mi entender, los miedos que azotan a nuestra sociedad en estos momentos no son este miedo intrínseco al ser humano. Éstos son miedos irracionales, mal interpretados y creados por nuestro ego para hacernos sufrir.De hecho, son “terribilizaciones” (exageraciones disfuncionales) que crea la mente por inseguridad y falta de criterio racional y emocional.

No tenemos herramientas para gobernar nuestro ego. No nos han enseñado cómo hacerlo, pero también es cierto que, desde nuestra mayoría de edad es nuestra responsabilidad. ¡De nadie más!

Una manera que ayuda a superar los miedos es tener claro cuáles son y a qué son. Por ejemplo:

– Miedo al fracaso: Asociado al fracaso laboral. Pero también al fracaso personal.
– Miedo al error: Asociado a equivocarse en el día a día, a pequeños fracasos.
– Miedo a perder: Asociado a la competitividad excesiva y/o también al ridículo.
– Miedo al no: Asociado a la Baja Tolerancia a la Frustración (BTF).
– Miedo al rechazo: Asociado a no ser queridos, temor a la soledad y la no aprobación de los demás.
– Miedo al ridículo: Asociado a la imagen que queremos aparentar y a la necesidad neurótica de ser vistos según un ideal pre-imaginado.

Una vez identificados, ¿qué tal si los reinterpretamos? La forma de hacerlo es asociando valores racionales que nos traerán mejoras en nuestro autoconcepto y, por lo tanto, en nuestra autoestima. Aquí tienes el listado de los miedos anteriores pero reinterpretados:

– ¿Qué es un fracaso? Un peldaño del éxito.
– ¿Qué es un error? Un aprendizaje.
– ¿Qué es perder? Una forma de poder volver a llenar.
– ¿Qué es un no? Una de las posibilidades de la realidad. Otras son un sí o un quizás, etc.
– ¿Qué es el rechazo? Una dificultad que tiene el otro para comunicarse adecuadamente.
– ¿Qué es el ridículo? Una manera cruel e innecesaria de juzgarnos, basada en un ideal irracional.

Te invito a que integres estos conceptos como parte de tu diálogo interno y verás como estos miedos quedan superados por valores sanos y de crecimiento personal.

El miedo que terribiliza en nuestro pasado o futuro no existe. Es una invención de la mente.

Si sientes la necesidad de VIVIR LIBRE de culpas y miedos, déjame acompañarte.

Proyectar en los demás lo que no asumimos en nosotros

proyectar en los demás

Proyectar en los demás nuestro malestar. Cuando no somos capaces de asumir la propia responsabilidad, desbordados, culpamos, una y otra vez, a los demás de nuestras incapacidades o irresponsabilidades.

La falta de educación emocional nos conduce a culpar a otros de nuestras responsabilidades y, aunque sufriendo mucho por la propia decepción, por el resentimiento que nos queda y por la imposibilidad de dar solución madura a nuestro malestar, seguimos repitiendo este egóoico patrón cada vez que nos encontramos ante una situación interpretada como adversa.

Nos da pánico sentirnos responsables, asumir que somos nosotros los que podemos mejorar, que los demás no cambiarán porque se sientan culpables, que a la vez culpan a otros. Y así la proyección se convierte en una conducta social.

El error masivo se convierte en verdad y la inmadurez emocional en realidad social.

Sufrimos y, como respuesta, hacemos sufrir y queremos herir. Y, claro, salimos heridos.

Aún no hemos entendido que si hago daño a los demás, me hago daño a mí mismo. Algo tan sencillo y obvio, cuesta de entender porque estamos gobernados por el ego, porque no tenemos las riendas de nuestra vida emocional.

¿De qué sirve culpar a los demás?
¿A dónde nos lleva culparlos?
¿Es útil o práctico hacerlo?

Si analizamos estas 3 preguntas de tipo realista, filosófico y práctico nos daremos cuenta de que no mejora nada. Al contrario, empeoramos las relaciones volcando nuestros malestares, nuestras frustraciones.

¿Qué tienes dentro?

Los seres humanos somos como depósitos: Ofrecemos a los demás lo que tenemos dentro.

Así pues, si tenemos resentimiento, nuestras conductas estarán afectadas por este dolor. Si, en cambio, tenemos paz y alegría, todos nuestros comportamientos estarán regidos por estas emociones sanas y equilibradas.

Al proyectar culpa en los demás, la intencionalidad es la de liberarnos de un sentimiento que percibimos como frustrante y lo que queremos hacer, en realidad, es pedir ayuda para sostener todo lo que se nos hace insoportable. Y nos parece, en nuestra particular neura del momento, que tirando nuestras miserias al más cercano, seremos mágicamente liberados.

No nos damos cuenta que lo único que conseguimos atacando a los demás es obligar al otro a protegerse de nosotros y a defenderse ya que se siente, lógicamente, atacado por nuestra irresponsable conducta culpabilizadora.

¿Qué podemos hacer para mejorar estas situaciones?
Cuando sentimos la emoción de culpa es importante reconocerla como nuestra y no, de otro. Después, hay que aceptarla; es decir, hacerme cargo y sencillamente admitir que es la emoción que siento, que es mi realidad en ese momento. Finalmente con esta emoción de culpa lo que hacemos para liberarnos de verdad es responsabilizarnos y no culparnos o culpar a los demás.

El ‘feeling’, la confianza natural

¿Qué es el feeling y qué nos aporta?

El feeling lo podríamos definir como una emoción indescriptible de confianza que, sustentada en el tiempo, se convierte en sentimiento y se arraiga. A lo largo de la vida, nos damos cuenta de que con unas personas el feeling se ha dado desde el primer momento, y, en cambio, con otras no ha sido nunca. ¿Cuál es el motivo? ¿El feeling es siempre correspondido?

Esta sensación es hija de la intuición, esa cualidad tan poco conocida pero tan auténtica que tenemos los seres humanos. Está en todos nosotros, aunque con diferente potencial y desarrollo. No todos tenemos la misma intuición.

El feeling despierta en nosotros confianza, genera ilusión, empatía y fortaleza en las relaciones personales, también a las profesionales. Es como si, de golpe, caen las barreras de la desconfianza, fruto de las malas experiencias que llevamos acuestas y con las que nos acostumbramos a comparar. Es como si, por fin, encontramos en quien descansar nuestras cosas sin que el pasado nos pase factura. Es un rayo de sol perenne en nuestras vidas. ¡El feeling mueve montañas!

Además, lleva consigo comportamientos de solidaridad, de interés por otros, de motivación y de bienestar emocional. Es una esperanza argumentada que fomenta el compartir, que aporta seguridad y nos ofrece esa energía necesaria para tener paz interior.

Cuando hay feeling sabemos que no estamos solos.

Pero ¿es siempre correspondido?

Si no lo es, se convierte en la expectativa de que podríamos tener una relación de confianza con una determinada persona. Pero la realidad es que no podemos confiar porque solo nosotros lo sentimos.

El feeling es de ida y vuelta. Es un feed-back emocional muy profundo y, en general, muy duradero en el tiempo, porque la confianza genera más confianza.

Démonos cuenta cómo con las personas que tenemos feeling somos más tolerantes y, a menudo, incluso justificamos sus errores, porque así ofrecemos una vida más larga esa relación feeligniana. Protegemos la confianza con generosidad, sin exigencias y desde la preferencia somos más benevolentes.

El feeling es fuente enorme de placer y estabilidad sentimental. Es una evocación a nuestro instinto más auténtico, al de que somos seres sociales que dependen unos de otros, que viven en continua conexión energética.

La energía que fluye entre seres que sienten feeling es de una extrema sinceridad, de una ingenua y desbordante transparencia. Encontramos en el otro aquello que nos llena, aquello que nos induce a ser felices. Encontramos aquella complicidad que nos invita a estar presentes en cada encuentro, en cada pensamiento.

Cuando sentimos feeling podemos creernos afortunados, somos queridos y respetados, por nosotros y por el otro. Nos sentimos reconocidos por lo que somos, no por lo que tenemos o hacemos. El feeling reconoce nuestra grandeza por ser, sin más.

Como todo en la vida, la medida está en nosotros, si ansiamos feeling con muchas personas es que estamos en demanda de energía o de amor, el que no nos damos a nosotros mismos y que anhelamos de los demás.

Si nuestra capacidad de sentir feeling es con unas pocas personas, será de calidad y auténtico, no habrá demanda, habrá oferta de energía, que será devuelta por esa magia que producen las emociones bien gestionadas, bien llevadas.

¿Te produce feeling este post?

Dedicado con estima a Berta Gómez.

Foto: Piscilla Du Preez. Unsplash.

Cómo mejorar nuestras relaciones personales en tiempos de confinamiento

relaciones en tiempos del coronavirus

Una situación de confinamiento como la actual es una oportunidad única para darnos cuenta de quién somos, de buscarnos, de descubrirnos. O, al contrario, si así lo decidimos, puede ser una situación de realce de dificultades no superadas, de recriminaciones constantes y de seguir ocultándonos, huyendo de nosotros mismos. La base de la decisión podría ser tomada perfectamente atendiendo esta frase: “Quiero sanar mi relación conmigo mismo, aceptando que lo que me hace sufrir de los demás, es lo que, aún, no he resuelto en mí”.

Mientras dura el “efecto buen ciudadano” –que quiere decir que la inmensa mayoría de personas asumimos con responsabilidad la situación y enfocamos nuestras energías en resolver de la mejor manera posible las nuevas dificultades–, no va a haber incidentes relacionales. La dificultad la preveo en cuanto la necesidad de salir de casa, sea superior a la voluntad de mantener el foco mental en sentirnos bien, en ayudar al entorno, en colaborar desde la humildad siendo uno más. O sea, en el momento que los egos empiecen a reclamar su espacio propio.

¿Qué nos hace pensar que sabremos sostener con la misma frescura el doble del primer anuncio de confinamiento? ¿Qué día empiezan a romperse las vajillas? ¿Cuánto tardaremos en culpar al otro de nuestra impaciencia, de no poder aguantar más porque es terrible y no lo puedo soportar? Nuestra madurez –que no adultez, que la ofrece el DNI– va ser puesta a prueba estas próximas semanas. Todas las personas que hemos decidido libremente aprovechar la oportunidad enorme que nos ofrece la vida para crecer, para conocernos, vamos a seguir, día tras día, sin ninguna prisa hasta que esto acabe. Acabará cuando toque, pero sin sufrimiento ninguno. Las personas que viven su felicidad en función de las circunstancias, de las situaciones exteriores o de los demás van a sufrir mucho. Se van a echar de menos a sí mismas.

Las consecuencias pueden ser nefastas, especialmente para muchas parejas que verán lo poco que se conocen, lo poco que tienen en común, lo poco que su proyecto está afianzado… Y con el riesgo de, en vez de haber aprovechado la oportunidad para conocerse –a uno mismo y al otro–, se convierten en unos desconocidos que no han sabido disfrutar de lo que la vida les ha traído para mejorarse, que leyeron mal qué nos estaba diciendo el confinamiento.

¿Cómo superar pues este confinamiento reforzando los lazos con nuestras relaciones inmediatas?

Pues, básicamente, propongo que nos formulemos ahora mismo unes sencillas preguntas:

  1. ¿Qué nos hace pensar que nuestra manera de ver la realidad es la verdadera?
  2. ¿Qué me hace pensar que el otro es culpable?
  3. ¿Es la razón la que va a guiar mi criterio? ¿La impondré?

Darnos unas respuestas adecuadas a estas preguntas puede ayudar mucho estos próximos días de confinamiento prolongado. Te ofrezco una pista: Ni mi realidad es única, ni tiene la culpa, ni tengo razón.

 

Foto: Claudio Schwarz. Unsplash.

Vivir sin culpas y sin miedos es posible

Las culpas y los miedos son las dos caras de una misma moneda

Cuando sentimos culpa, nos invade el miedo. Miedo a la no aprobación de los otros, miedo al juicio sobre nuestra conducta, miedo al rechazo, al ridículo, al no, a perder o al fracaso. Y cuando sentimos miedo nos hacemos culpables de nuestra inseguridad, de nuestra flaqueza y vulnerabilidad. Miedo de nuestro miedo, también a lo desconocido y sobre todo a lo terrible. Por lo tanto, aparentemente, tenemos una moneda de dos caras que parecen la misma.

En cuanto a la culpa tenemos dos alternativas claras y será nuestro grado de madurez emocional que decide dónde vamos: si a la responsabilidad o al victimismo. Si en ese momento que nos sentimos culpables nos preguntamos: ¿Qué puedo hacer para mejorar esta situación que me hace sentir culpable? Nos estaremos responsabilizando y no permitiremos a nuestro ego se salga con la suya y, por lo tanto, dejaremos de sufrir. Esta decisión nos llevará sin duda a mejorar la situación, a resolver el conflicto y restaurar la paz emocional.

La otra alternativa, la más débil emocional y de más calado social desgraciadamente, es la decisión de ir a la victimización. Nos sentimos culpables por haber hecho algo mal y la victimización perpetúa esa culpa porque nos estamos diciendo que somos malos, que hemos obrado con egoísmo, irresponsablemente. Entramos en queja constante, refunfuñando y protestando y todo eso se vuelve contra nosotros, nos lleva directos a perpetuar el sufrimiento.

Además desde la victimización nos atrevemos a todo, con nosotros y también con el entorno. Nos culpamos y proyectamos esa culpa defensivamente en los demás. Les culpamos de nuestra culpa no resuelta por no responsabilizarnos.

Veamos la realidad:

Nos sentimos culpables, pero ¿somos culpables? La culpa no existe como tal, es una emoción interpretativa, socialmente muy instalada, pero que está basada en una creencia irracional: la de que merecemos la culpa porque hemos obrado mal, como si no fuésemos humanos que se equivocan. Nos han educado en el premio y el castigo, no en las simples consecuencias de nuestros actos.

Las consecuencias no emiten juicio, solo es lo que ocurre por sembrar de una u otra manera. La consecuencia de un mal acto no es insufrible, no nos hace malas personas. Somos buenas personas con malos comportamientos. Cuando hemos cometido un error, anhelamos el perdón de los demás. ¿Qué nos hace pensar que a los demás no les ocurre lo mismo?

Ya nos hemos quedado sin una cara de la moneda: ¡la culpa no existe!

El miedo es la emoción más primaria del ser humano. Al inicio se trataba de decidir si ante el peligro huíamos o nos enfrentábamos. Nos ha ayudado a la supervivencia como especie. Nos alerta del peligro, de los riesgos. Nos pone en guardia, nos previene para que preparemos nuestras habilidades para actuar de una u otra manera: huir o enfrentar.

Ese miedo ancestral, hoy, sólo tiene sentido en casos de extrema gravedad. No me refiero a ese miedo que sigue vigente en nosotros para ocasiones muy extremas. Me refiero a esos miedos que nos llevan al pasado que no podemos cambiar, o al futuro que aún no existe, a terribilizar situaciones que no son tan insoportables. Son mucho más racionales, pero nuestra mente tiende a ello, fruto de nuestras inseguridades y de la poca fortaleza emocional.

La cautela, la prudencia y el interés por las consecuencias de nuestros comportamientos son actitudes, derivadas del miedo, que no lo exageran y por tanto no nos invalida o bloquea. Esos miedos sobre el futuro que tanto nos hacen sufrir son exageraciones de nuestra mente porque nos estamos diciendo: si ocurre esto o aquello será terrible y no lo podré soportar. O en verbo pasado: porque ha ocurrido esto es terrible y no lo puedo soportar.

Si no pudiésemos soportarlo, estaríamos muertos. Si todo lo que nuestra mente exagera fuese tan terrible, el mundo sería insoportable. ¿Cuántas personas pasan tantas noches sin dormir por culpas y miedos sacados de quicio no racionalizados? Culpas y miedos que solo están en nuestra imaginación y que a medida que crece la exageración nos sentimos más y más pequeños.

Nos hemos quedado sin la segunda cara de la moneda.

Me pregunto: ¿Y sin las dos caras de la moneda, con qué compraremos a partir de ahora nuestro victimismo?

 

Foto: Verne Ho. Unsplash.