La comunicación no verbal y la energética

¿Te has fijado en que hay personas que siempre te tratan con respeto y, en cambio, hay algunas que siempre te quieren menospreciar o imponer su criterio o incluso maltratar? Pues es así como te tratan: ¡cómo tú les has enseñado a tratarte!

No somos demasiado conscientes, pero lo que los otros ven en nuestros comportamientos, es lo que “leen” de cómo nos pueden tratar. Por lo tanto, ¡atención! Cuidado cuando demasiado permisivamente permitimos que otros nos manipulen o nos usen para sus intereses, sin nuestro acuerdo.

Atención con lo que decimos a los otros con nuestro comportamiento hacia ellos, porque de esto se crearán hábitos de relación que después serán muy difíciles de cambiar. De hecho, quizá sólo podremos cambiarlo a expensas de la pérdida de la relación. Porque si, por ejemplo, hemos permitido que durante años alguien se aproveche de nuestra voluntad, después no admitirá que se tiene que espabilar solo.

Somos sólo responsables de nuestro comportamiento, de ninguno más.

Y como la emocionalidad, en la medida que nos responsabilizamos tomamos conciencia del porqué somos tratados de una u otra.

¡El trato recibido es un espejo del trato ofrecido!

La comunicación no verbal, también la energética, indica de nosotros qué estamos dispuestos a ofrecer y qué no, qué estamos dispuestos a renunciar y a qué no. Y los otros esto lo perciben constantemente. Por lo tanto, y es lógico, interpretan que tienen derechos que nosotros, en realidad, no querríamos dárselos, pero ya lo hemos hecho con nuestra conducta habitual hacia ellos.

Nuestra comunicación no verbal y también la energética está influenciada directamente por nuestros pensamientos y creencias. Esas creencias generarán emociones que finalmente se transforman en nuestra manera de actuar y de hablar, de dirigirnos a los demás.

Las personas en los extremos de sumisión o agresividad tienden a tener relaciones muy marcadas por estos aspectos que, de no derivar ambas hacia la asertividad, les condicionarán siempre y mantendrán sus patrones de conducta y, por ende, su sufrimiento.

¿Tienes conciencia de qué dices a los demás con tu comportamiento?

La compasión

La compasión es el deseo y la actitud de ayudar al otro. Ayudar desde la generosidad y no, desde las propias necesidades. Regidos por nuestro ego, a veces, queremos que otros salgan de su sufrimiento, no para que dejen de sufrir sino para que dejen de incordiarnos con su sufrimiento.

Ayuda, pues, para que otros superen su sufrimiento y se sientan libres de sus propias cadenas emocionales.

La compasión es como la tolerancia con amor. Es tanto como aceptar sin juicio, sin expectativa exigente, sino con acompañamiento preferente. Ser compasivo nos ofrece la oportunidad de escuchar al otro, de que nos dé permiso para acercarnos y, desde ahí, acompañarle: enseñarle pacientemente hasta que aprenda a salir de su sufrimiento.

La compasión no está al alcance de todos, pero es un estímulo increíble para ser mejores. Es una herramienta de Inteligencia Emocional de alto nivel de conciencia, como la aceptación incondicional o la coherencia emocional, opuesta a tener razón.

Hija de la empatía, la compasión es la habilidad de entender, comprender y aceptar profundamente las emociones, sentimientos y comportamientos de otros que no nos agradan. Pero hurgamos más allá para alcanzar ese nivel espiritual, esa virtud del no juicio y si verdad. Las personas que se sienten mal consigo mismas y que exteriorizan ese sufrimiento constantemente son las más necesitadas de nuestra compasión.

Todas las virtudes emocionales, para ser auténticas, deben empezar por uno mismo. Es sano y necesario que sea a nosotros mismos a quien ofrecemos la más pura de nuestras compasiones, de nuestras empatías, de nuestras asertividades.

¡Ser feliz requiere de un buen trato a uno mismo!

Todas las habilidades que hacen referencia a la capacidad de ponernos en la piel de otros requieren, de manera imprescindible, de paciencia y templanza, de mirada alta y perseverancia. Ser compasivo con otros es decidir madurar uno mismo a un nivel de conciencia superior. Es decidir que somos compasivos sin el juicio de si lo merece o no.

Todos lo merecen, aunque se comporten mal, porque son humanos. Y, a menudo, intensamente gobernados por su ego que, viendo las vulnerabilidades, se adueñó de esas personas que tienen comportamientos, quizás difícilmente asumibles socialmente, pero sí perfectamente asimilables humanamente.

¡Ser compasivo, sobre todo es ejercer nuestra humanidad al límite de lo divino!

Ejercer compasión significa, también, amarse a uno mismo y dotarnos de una de las oportunidades vitales más importantes de crecimiento, de felicidad. Al ofrecer compasión ya hemos recibido amor por nuestra actitud, ya hemos librado y ganado nuestra lucha con el ego.

Ser compasivo requiere de altos valores, va intrínsecamente ligado a personas que van más allá, que van muy lejos, que viven una vida con sentido, que tienen propósito y son sencillamente muy felices.

Con aprecio dedicado a Abdó Gómez

Ahí mismo

‘Todos estamos ahí mismo’ es una expresión clara, sencilla y sincera que nos recuerda que todos tenemos un poderoso ego: inteligente, sutil y perseverante, y que siempre está al acecho.

Se trata de recordarnos nuestra humildad, sobre todo, en las personas que mejoramos nuestro nivel de conciencia. Busca también recordarnos nuestra vulnerabilidad y así mantener a raya esa herramienta tan poderosa del ego llamada vanidad.

‘Todos estamos ahí mismo’ es una forma eficaz, directa y asimilable fácilmente por nuestra mente de decirnos que el camino es siempre, que los que estamos en un proceso de mejora personal tomamos plena consciencia que es vital, no temporal.

El ego es nuestra segunda piel, es la máscara que esconde nuestras culpas y miedos y que, con una tenacidad increíble, nos lleva al pasado o al futuro –impidiéndonos el presente donde no hay dolor– rutinariamente para hacernos sufrir.

‘Todos estamos ahí mismo’ es un grito de sinceridad para con uno mismo y también para con los demás. Es una manera de tomar conciencia de que, estando alerta, sabremos gestionar las tendencias rutinarias de nuestro ego, pero solo si estamos alerta.

Es también una manera de vincularnos, un tipo de complicidad que, una y otra vez, nos recuerda el camino andado y el que queda por recorrer. Eso sí, sin esfuerzo ni sacrificio, solo aprender con naturalidad como lo hicimos al respirar.

‘Todos estamos ahí mismo’ es un grito de libertad, es una campana que resuena dentro fruto de nuestro trabajo en nosotros mismos. Es un recordatorio para vivir alerta, sin miedos ni culpas. Esta frase nos une, nos identifica como únicos, en constante cambio, como humanos que somos.

¡Gracias Bet Net por estar ahí mismo!

Con estima, dedicado a Bet Net.

¡El presente, sin más!

el presente

Una de las principales maneras que tiene el ego para cumplir su cometido de hacernos sufrir es la de trasladar los pensamientos al pasado irreparable o al futuro inexistente. De esta forma, evita que nos mantengamos en el presente, en el que no hay sufrimiento porque no hay expectativas; solo somos sin pensamiento.

Sufrimos porque dejamos el timón de nuestra vida al pensar y no nos damos cuenta de que el pensamiento –como las creencias, el conocimiento o la razón– son herramientas propias del ego. Para vivir el presente hay que sentir, experimentar o transitar la emoción; no, el pensamiento. Mientras mantenemos la emoción como tal y no la dotamos de pensar esta se sostiene y no hace sufrir si no que se vive serenamente.

Vivir el presente quiere decir aceptar la realidad tal cual es. Es decir, sin condiciones. Fluir con la realidad, cooperar incondicionalmente con ella.

Cuando permitimos a la mente especular con beneficios o intereses, con dudas o inseguridades es cuando estamos facilitando irnos del presente al pasado o al futuro, donde en ningún de los dos casos podremos vivir en paz emocional. Básicamente, porque no es nuestra realidad.

La realidad no está hecha de pasados que podamos reparar, ni de futuros inciertos o amenazantes. Está hecha de este instante, de solo y exclusivamente de este momento, de ningún otro.

Vivir el presente quiere decir mantener la mente en el ahora. Quiere decir aprender a tomar conciencia de que podemos confiar en nosotros y que no necesitamos irnos (mentalmente) a ningún otro pensamiento anterior o posterior. Que podemos sentir sin pensar.

La mente es como un músculo del cuerpo. Si la ejercitamos podemos gobernarla, podemos liderarla. De no hacerlo, nuestra felicidad estará siempre dependiente de las circunstancias. Si las circunstancias son favorables nos sentiremos bien y si no, pues nos sentiremos mal. Perdemos así, además, la oportunidad de influir poderosamente, como humanos que somos, en nuestra calidad de vida, en nuestra realidad, en nuestro presente.

Ejercitar quiere decir aplicar, practicar ejercicios que nos ayuden a tomar conciencia de que no necesitamos hacer para ser, que no necesitamos tener para ser que no necesitamos aparentar para ser. Ya somos. Sólo que no nos dejamos ser y seguimos viviendo en el pasado irreparable o el futuro inexistente.

Experimentar el ahora quiere decir aceptar y aplazar los pensamientos que vienen. Quiere decir reconducir, una y otra vez con cariño, a esa mente que neuróticamente quiere sentirse útil, querida y aprobada por los demás.

En el presente solo hay vida, sin más. Solo hay lo que hay, ¡sin más!

¿Qué debo hacer? Lo que te da miedo.
¿Qué tengo que buscar? A ti mismo.
¿Cómo tengo que hacerlo? Pasando a la acción.
¿Cuándo tengo que hacerlo? Ahora.
¿Cómo sabré si lo hago bien? Confía.

Siéntate en tu silla predilecta, cómodamente, y pon el cronómetro en marcha a ver cuántos segundos/minutos consigues estar sin hacer nada, sin sentirte mal, sin que tu mente quiera reparar, sin que tu mente quiera imaginar.

Todas, todas, todas, las respuestas, están siempre, siempre, siempre en ti. Nunca, nunca, nunca fuera de ti.

 

Dedicado con estima a Gemma Pujol

Los conflictos y cómo afrontarlos de manera exitosa

los conflictos

Los conflictos interpersonales a menudo se derivan de necesidades o intereses legítimamente diferentes y que, en un momento dado, surgen como una dificultad que pone a prueba la relación con alguien. Muchos de los conflictos no tienen la razón de ser en aquello que lo hace presente, sino en causas anteriores no muy resueltas o aclaradas.

Afrontar quiere decir resolver los conflictos con los otros, dar la cara sin eludir el encuentro con aquella situación en la que pensamos que estaremos incómodos.

En un conflicto con otra persona, evitar es perder la oportunidad de crecer como individuo, porque aquello no resuelto nos hará sufrir y generará frustración. Decirnos que el tiempo ya lo arreglará y que la culpa es del otro son solo excusas hacia un mismo.

En un conflicto la responsabilidad es compartida. No hay culpables. ¡Todos somos responsables!

A mí me gusta mucho buscar el momento adecuado para afrontar. No actuar desde la inercia emocional, sino desde el raciocinio, cuando estoy preparado. Porque, como todas las cualidades de la Inteligencia Emocional Aplicada, la empatía y la asertividad necesarias para afrontar, en buenas condiciones y por no empeorar más el conflicto, primero tienen que ser con un mismo.

Los miedos al ridículo, al error y al fracaso son detonantes clásicos de la culpa y la decepción con un mismo. Esquivando los otros, perdemos relaciones por conflictos muy sencillos de resolver por culpa de no tener herramientas emocionales a mano.

No nos creemos suficientes merecedores de afrontar las situaciones de disparidad de criterios o de diferentes opiniones. Tenemos miedo de no ser aprobados y ser, en cambio, merecedores de una actitud de juicio por parte del otro, cuando en realidad somos nosotros mismos que, no acostumbrados a confrontarnos, nos juzgamos constantemente con mucha dureza. Por eso, busco siempre que puedo la verdad soportable como herramienta, que me facilita que aquello que quiero decir estoy listo para decirlo y, además, procuro empatizar con el otro de que sea también un buen momento para escucharlo.

Cuando nos decidimos a afrontar las situaciones con otros y buscar resolver el conflicto no quiere decir que vuelvan las cosas a ser como antes. Dependerá si la confianza se ha malogrado. Las relaciones pueden salir fortalecidas después de un conflicto porque hemos abordado la situación acertadamente y el otro así lo percibe. O también puede ser que no mejore o que no consigas conducir la relación donde querrías, porque el otro así lo ha decidido. Aquí no podemos hacer más, no está a nuestro alcance decidir por el otro, pero nos habremos quedado bien con nosotros qué es lo más importante.

Sentirnos bien con nuestros comportamientos sube la autoestima. No afrontar las situaciones con los otros, la baja.

Cuando abordamos un conflicto es muy conveniente primero manifestar cierto grado de empatía con el otro, abriendo así su interés por nosotros. Expresar libremente cómo nos hemos sentido en aquella situación. Para finalmente y, a ser posible, ofrecer una alternativa de cómo nos hubiera sido aceptable para nosotros y como lo querríamos de ahora en adelante.

La veracidad de los miedos

miedos

¿Son ciertos los miedos que sentimos? ¿Realmente son como los sentimos? El miedo es la emoción que ha permitido a nuestra especie sobrevivir. Es una emoción que nos alerta de posibles peligros y por lo tanto nos da la oportunidad de elegir qué decisión tomar ante dicho peligro.

Pero, a mi entender, los miedos que azotan a nuestra sociedad en estos momentos no son este miedo intrínseco al ser humano. Éstos son miedos irracionales, mal interpretados y creados por nuestro ego para hacernos sufrir.De hecho, son “terribilizaciones” (exageraciones disfuncionales) que crea la mente por inseguridad y falta de criterio racional y emocional.

No tenemos herramientas para gobernar nuestro ego. No nos han enseñado cómo hacerlo, pero también es cierto que, desde nuestra mayoría de edad es nuestra responsabilidad. ¡De nadie más!

Una manera que ayuda a superar los miedos es tener claro cuáles son y a qué son. Por ejemplo:

– Miedo al fracaso: Asociado al fracaso laboral. Pero también al fracaso personal.
– Miedo al error: Asociado a equivocarse en el día a día, a pequeños fracasos.
– Miedo a perder: Asociado a la competitividad excesiva y/o también al ridículo.
– Miedo al no: Asociado a la Baja Tolerancia a la Frustración (BTF).
– Miedo al rechazo: Asociado a no ser queridos, temor a la soledad y la no aprobación de los demás.
– Miedo al ridículo: Asociado a la imagen que queremos aparentar y a la necesidad neurótica de ser vistos según un ideal pre-imaginado.

Una vez identificados, ¿qué tal si los reinterpretamos? La forma de hacerlo es asociando valores racionales que nos traerán mejoras en nuestro autoconcepto y, por lo tanto, en nuestra autoestima. Aquí tienes el listado de los miedos anteriores pero reinterpretados:

– ¿Qué es un fracaso? Un peldaño del éxito.
– ¿Qué es un error? Un aprendizaje.
– ¿Qué es perder? Una forma de poder volver a llenar.
– ¿Qué es un no? Una de las posibilidades de la realidad. Otras son un sí o un quizás, etc.
– ¿Qué es el rechazo? Una dificultad que tiene el otro para comunicarse adecuadamente.
– ¿Qué es el ridículo? Una manera cruel e innecesaria de juzgarnos, basada en un ideal irracional.

Te invito a que integres estos conceptos como parte de tu diálogo interno y verás como estos miedos quedan superados por valores sanos y de crecimiento personal.

El miedo que terribiliza en nuestro pasado o futuro no existe. Es una invención de la mente.

Si sientes la necesidad de VIVIR LIBRE de culpas y miedos, déjame acompañarte.

Proyectar en los demás lo que no asumimos en nosotros

proyectar en los demás

Proyectar en los demás nuestro malestar. Cuando no somos capaces de asumir la propia responsabilidad, desbordados, culpamos, una y otra vez, a los demás de nuestras incapacidades o irresponsabilidades.

La falta de educación emocional nos conduce a culpar a otros de nuestras responsabilidades y, aunque sufriendo mucho por la propia decepción, por el resentimiento que nos queda y por la imposibilidad de dar solución madura a nuestro malestar, seguimos repitiendo este egóoico patrón cada vez que nos encontramos ante una situación interpretada como adversa.

Nos da pánico sentirnos responsables, asumir que somos nosotros los que podemos mejorar, que los demás no cambiarán porque se sientan culpables, que a la vez culpan a otros. Y así la proyección se convierte en una conducta social.

El error masivo se convierte en verdad y la inmadurez emocional en realidad social.

Sufrimos y, como respuesta, hacemos sufrir y queremos herir. Y, claro, salimos heridos.

Aún no hemos entendido que si hago daño a los demás, me hago daño a mí mismo. Algo tan sencillo y obvio, cuesta de entender porque estamos gobernados por el ego, porque no tenemos las riendas de nuestra vida emocional.

¿De qué sirve culpar a los demás?
¿A dónde nos lleva culparlos?
¿Es útil o práctico hacerlo?

Si analizamos estas 3 preguntas de tipo realista, filosófico y práctico nos daremos cuenta de que no mejora nada. Al contrario, empeoramos las relaciones volcando nuestros malestares, nuestras frustraciones.

¿Qué tienes dentro?

Los seres humanos somos como depósitos: Ofrecemos a los demás lo que tenemos dentro.

Así pues, si tenemos resentimiento, nuestras conductas estarán afectadas por este dolor. Si, en cambio, tenemos paz y alegría, todos nuestros comportamientos estarán regidos por estas emociones sanas y equilibradas.

Al proyectar culpa en los demás, la intencionalidad es la de liberarnos de un sentimiento que percibimos como frustrante y lo que queremos hacer, en realidad, es pedir ayuda para sostener todo lo que se nos hace insoportable. Y nos parece, en nuestra particular neura del momento, que tirando nuestras miserias al más cercano, seremos mágicamente liberados.

No nos damos cuenta que lo único que conseguimos atacando a los demás es obligar al otro a protegerse de nosotros y a defenderse ya que se siente, lógicamente, atacado por nuestra irresponsable conducta culpabilizadora.

¿Qué podemos hacer para mejorar estas situaciones?
Cuando sentimos la emoción de culpa es importante reconocerla como nuestra y no, de otro. Después, hay que aceptarla; es decir, hacerme cargo y sencillamente admitir que es la emoción que siento, que es mi realidad en ese momento. Finalmente con esta emoción de culpa lo que hacemos para liberarnos de verdad es responsabilizarnos y no culparnos o culpar a los demás.

Adultez vs madurez, nuestra personalidad

adultez madurez

Aproximadamente entre los 6 y 7 años, todos nosotros y de una manera biológica, decidimos cuál será nuestra personalidad para toda la vida, en base a la estrategia elegida para ser queridos y aceptados por los demás.

En ese momento de tanta fragilidad nos vemos abocados a tomar tan drástica decisión que afectará nuestra vida de manera determinante. Todas las personalidades tienen sus pros y contras, pero no es lo mismo tener una que otra personalidad evidentemente.

La que llamamos mente afligida –por ser esa que nos desconecta de nuestra esencia: nuestro ego– pone en marcha, en ese momento, su herramienta más poderosa para hacernos sufrir: la personalidad, la máscara. Esa personalidad creada por el ego para satisfacer sus necesidades neuróticas no busca satisfacer las necesidades de nuestra esencia como seres humanos, si no las de esa poderosa sombra que nos acompaña toda la vida, siendo siempre la misma. Por eso, podemos evolucionarla, sanarla, pero jamás cambiarla.

Desde los 7 años hasta nuestra mayoría de edad -lo que llamamos edad adulta- nuestra personalidad no es nuestra responsabilidad. Vamos interpretando nuestro entorno y sus comportamientos. Algunos de ellos los reproduciremos como propios; otros, los rechazaremos en nosotros; y otros, los ignoraremos. Pero va muy vinculado nuestro escaso crecimiento emocional a nuestro entorno más inmediato que influirá en esa etapa enormemente.

Pero ¿y a partir de la mayoría de edad?

Es absolutamente nuestra responsabilidad hacernos cargo de nuestra personalidad, de madurar o de sólo ser adultos inmaduros.

¿Qué es pues madurar?

Es iniciar el proceso de ser, sin el tener ni el hacer, sólo el ser: La búsqueda de nuestra esencia perdida. Es decir, dejar atrás, en la medida de lo posible, los patrones de comportamiento regidos por las necesidades neuróticas del ego.

Es cuando nos aceptamos incondicionalmente y, por lo tanto, también a los demás, olvidándonos ya de querer cambiar a los otros, tomando conciencia que solo podemos cambiarnos/mejorarnos a nosotros mismos.

Es cuando comprendemos que cada uno tiene su propia razón, su propia realidad y que es tan respetable como la nuestra. Desde el desapego sabemos aprovechar la diversidad que nos ofrecen los demás. Es cuando aprendemos a dar sin esperar nada a cambio, recibimos por el hecho de dar. ¡Sin más!

Es cuando experimentamos auténticamente que lo único que podemos y debemos aportar al universo es nuestra propia mejora personal. Es cuando el conocimiento ya lo hemos transformado en sabiduría, es cuando la intensidad la hemos transformado en autenticidad, es cuando la razón la hemos transformado en verdad.

Es cuando ya no necesitamos la aprobación de los demás, ni demostrarles nada. Es cuando dejamos de mostrarnos y permitimos que nos descubran. Es cuando dejamos de compararnos y de sentirnos celosos de los demás. Es cuando somos felices con lo que somos, sin más.

Es cuando dejamos de influir y pasamos a fluir.

¿Es hoy un buen día para que empieces a transformar tu realidad y madures ya?

El camino interminable entre la euforia y la desesperación

La euforia es una emoción de exaltación de la alegría, que cuando permitimos que se dispare nos conducirá, una y otra vez, a la posterior e inevitable desesperación. ¡El bucle está servido!

Cuando, teñidos de ese estado hiperemocional, inconscientemente, queremos sostener la euforia como si de algo nuevo en nosotros se tratara. No nos damos cuenta de que estamos exigiendo a nuestro cuerpo que sostenga una química impropia.

Cuando eufóricos, queremos “ser” siempre así, ahí, en ese momento, nacen nuestros futuros sufrimientos. Porque el cuerpo no puede sostener más que temporalmente, ese estado de excitación que ha producido el impacto emocional en nosotros. ¡La relación entre euforia y desesperación es directa!

Si tenemos comportamientos eufóricos estamos admitiendo, implícitamente, que tendremos, en consecuencia, estados desesperados, depresivos.

Muchos también, para salir de la depresión, se insuflan una acción de intensidad –confundiéndola con autenticidad– como para salir del aburrido letargo en que se perciben. Retan a su psique a que aquello que han creado superficialmente para salirse de sí mismos, no sea efímero. Cuando en realidad lo que denota esa creación es que con quien no saben convivir es con ellos mismos.

Hace años que, casualmente, creé una técnica de visualización que aún hoy utilizo y explico a mis alumnos. Se trata de tomar consciencia de cuando estamos entrando en euforia imaginando un globo ascendiendo al cielo –el mío es blanco– que pincho con una aguja de tal forma que cuando explota todas las partículas de alegría que contiene el globo las acojo con la boca abierta. De esta manera, toda la alegría en vez de convertir-se en un comportamiento –externo, por tanto– queda asumido dentro de mí, en forma de alegría interna.

Durante muchos años estuve haciendo, constantemente, este viaje de la euforia a la desesperación y no fue hasta mi proceso de mejora personal que puse en práctica mi nueva manera de vivir serenamente: del 4 al 7. Fácil, ¿verdad?

Me di cuenta de que si en vez de irme al 10 eufóricamente, retenía parte de esa euforia en el 7, mi mente no asociara ese 10 con el 0, si no ese 7 con el 4. ¡Y así es!

Desde entonces vivo con mucha paz interior, porque al cambiar de estrategia dejé de ser un “pelele” emocional dependiente de las circunstancias y pasé a ser el líder de mi vida emocional. Y, de esta forma, se acabaron las desesperaciones.

El día que estoy en un 4, estoy triste pero feliz. Soy muy eficiente y son días, además, que entro mucho en mí, que busco como nunca conocerme, descubrirme. Los días al 4 son días de interioridad, de encuentro conmigo mismo.

Del 4 al 7, no solamente es una manera lineal de enfocar la vida en velocidad de crucero, de plenitud sostenida, sino que, además, tiene profundidad y altura, ¡es una técnica de tres dimensiones!

Cuando la alegría es mayor, no tengo ya una conducta eufórica. Si acaso, profundizo en mi alegría interna y mi altura es la que va ascendiendo cada vez que me “deseuforizo” y vuelvo al 7. De esta forma, crece y crece mi nivel de conciencia.

Hay que vivir entre el 4 y el 7. ¿Te atreves?

 

Con aprecio, dedicado a Pere Ventura