¿Fiel o leal? ¿A otros o a ti misma?

fidelidad y lealtad

Antes se relacionaba la fidelidad a la pareja y la lealtad a las causas nobles. Desde la Inteligencia Emocional Aplicada, consideramos que la fidelidad es un compromiso, un sometimiento y una promesa a cumplir que hacemos a los demás, sea de pareja, laboral o social. La lealtad, en cambio, es un acuerdo, un asentimiento de apoyo y de ayuda que ofrecemos en un valiente acto de compañerismo.

Fidelidad y lealtad vienen marcadas por diferentes orígenes. La primera, por la confianza hacia otro –sincera o inducida– y la segunda, por el respeto y apoyo desinteresado a otra persona. Así pues, podemos percibir que la fidelidad es un acto, un comportamiento. En cambio, la lealtad es un profundo sentimiento ético.

El fiel se somete a su compromiso, el leal asienta en su decisión.

¿Se puede comprar la fidelidad? ¿Y la lealtad? Está claro que la primera sí se puede adquirir aún cuando no se fomente, porque es una demanda. A diferencia de la lealtad, que es una oferta ejercida desde la libre voluntad.

Se puede ser infiel, pero leal. Pero no se puede ser desleal y fiel.

¿Cuál es pues la fidelidad más importante en nuestra vida? Sin duda la que nos ofrecemos a nosotros mismos. Esa que hace que tomemos decisiones confiando en nosotros, dejando atrás miedos y culpas bloqueantes.

¿Qué supone ser fiel a uno mismo? ¡Pues mucho! Especialmente, se trata de un compromiso de amor a nosotros mismos, de que procuramos ser nosotros y no, el personaje creado por nuestra personalidad, por nuestro ego. La fidelidad es nuestra capacidad espiritual de cumplir con nosotros mismos, aún cuando no guste a los demás.

¿Qué compromisos de mejora personal tienes contigo misma? ¿Cuál es la lealtad más importante que podemos ofrecer? La que demos a otros sin otro interés que el de dar. Al dar ya hemos recibido. ¡No hay dicha mayor que poder dar a quién uno decidió!

La fidelidad la podemos imponer, pero la lealtad es un sentimiento que podemos fomentar, pero que no podemos construir desde la nada, requiere de una historia, de una ilusión.

La fidelidad es dar cumplimiento a las promesas. Prometer es una acción personal, propia de cada uno de nosotros; revela una gran soberanía de espíritu, ya que elige decidir hoy lo que se va a hacer en adelante, bajo condiciones que no se pueden prever. Es un contrato con condiciones.

La lealtad es la capacidad espiritual de ofrecer soporte a una persona desde el respeto, la gratitud y el compañerismo. Es un acuerdo de aceptación incondicional.

¿Te sientes más fiel o leal?

Con afecto, dedicado a Lu Cruz.

Foto: Roman Kraft. Unsplash.

El ‘feeling’, la confianza natural

¿Qué es el feeling y qué nos aporta?

El feeling lo podríamos definir como una emoción indescriptible de confianza que, sustentada en el tiempo, se convierte en sentimiento y se arraiga. A lo largo de la vida, nos damos cuenta de que con unas personas el feeling se ha dado desde el primer momento, y, en cambio, con otras no ha sido nunca. ¿Cuál es el motivo? ¿El feeling es siempre correspondido?

Esta sensación es hija de la intuición, esa cualidad tan poco conocida pero tan auténtica que tenemos los seres humanos. Está en todos nosotros, aunque con diferente potencial y desarrollo. No todos tenemos la misma intuición.

El feeling despierta en nosotros confianza, genera ilusión, empatía y fortaleza en las relaciones personales, también a las profesionales. Es como si, de golpe, caen las barreras de la desconfianza, fruto de las malas experiencias que llevamos acuestas y con las que nos acostumbramos a comparar. Es como si, por fin, encontramos en quien descansar nuestras cosas sin que el pasado nos pase factura. Es un rayo de sol perenne en nuestras vidas. ¡El feeling mueve montañas!

Además, lleva consigo comportamientos de solidaridad, de interés por otros, de motivación y de bienestar emocional. Es una esperanza argumentada que fomenta el compartir, que aporta seguridad y nos ofrece esa energía necesaria para tener paz interior.

Cuando hay feeling sabemos que no estamos solos.

Pero ¿es siempre correspondido?

Si no lo es, se convierte en la expectativa de que podríamos tener una relación de confianza con una determinada persona. Pero la realidad es que no podemos confiar porque solo nosotros lo sentimos.

El feeling es de ida y vuelta. Es un feed-back emocional muy profundo y, en general, muy duradero en el tiempo, porque la confianza genera más confianza.

Démonos cuenta cómo con las personas que tenemos feeling somos más tolerantes y, a menudo, incluso justificamos sus errores, porque así ofrecemos una vida más larga esa relación feeligniana. Protegemos la confianza con generosidad, sin exigencias y desde la preferencia somos más benevolentes.

El feeling es fuente enorme de placer y estabilidad sentimental. Es una evocación a nuestro instinto más auténtico, al de que somos seres sociales que dependen unos de otros, que viven en continua conexión energética.

La energía que fluye entre seres que sienten feeling es de una extrema sinceridad, de una ingenua y desbordante transparencia. Encontramos en el otro aquello que nos llena, aquello que nos induce a ser felices. Encontramos aquella complicidad que nos invita a estar presentes en cada encuentro, en cada pensamiento.

Cuando sentimos feeling podemos creernos afortunados, somos queridos y respetados, por nosotros y por el otro. Nos sentimos reconocidos por lo que somos, no por lo que tenemos o hacemos. El feeling reconoce nuestra grandeza por ser, sin más.

Como todo en la vida, la medida está en nosotros, si ansiamos feeling con muchas personas es que estamos en demanda de energía o de amor, el que no nos damos a nosotros mismos y que anhelamos de los demás.

Si nuestra capacidad de sentir feeling es con unas pocas personas, será de calidad y auténtico, no habrá demanda, habrá oferta de energía, que será devuelta por esa magia que producen las emociones bien gestionadas, bien llevadas.

¿Te produce feeling este post?

Dedicado con estima a Berta Gómez.

Foto: Piscilla Du Preez. Unsplash.

Las consecuencias emocionales del confinamiento

Es necesario procesar y gestionar adecuadamente las emociones sentidas y el sentido de irrealidad en el confinamiento. Una cuarentena no deja de ser una privación de libertad, un cambio radical a nuestros hábitos y costumbres y una incertidumbre personal-laboral y social importante. Es una enorme y obligada salida de la zona de confort. Estamos en una situación excepcional y vamos a otra, quizás, aún más excepcional y desconocida.

Cualquiera de nosotros puede sufrir consecuencias por el obligado confinamiento. De haber sido breve hubiese, seguramente, afectado mucho menos. Pero una cuarentena es ya “palabras mayores”, debemos tomarnos en serio esta situación y procurar comunicar y buscar ayuda si percibimos en nosotros o en alguien de nuestro entorno síntomas de estrés postraumático u otro tipo de alteraciones emocionales.

Alteraciones habituales podrían ser, por ejemplo, tener miedo de acercarse a los demás o de dar abrazos a personas que antes sí lo hacíamos. También si no nos apetece estar en espacios públicos o bien nos aislamos más socialmente o evitando lugares que haya muchas personas.

Las consecuencias son totalmente impredecibles en estos momentos, pero debemos prepararnos para una vuelta a la normalidad lenta. Deberemos darnos tiempo para asumir los cambios que irán sucediéndose fruto de la nueva situación creada.

Nos ayudará mucho integrar la máxima de que lo único constante que hay en nuestra realidad es el cambio. Porque el cambio viene, ya está aquí y nos irá bien estar preparados, alertas y flexibles para poder asumirlo en las mejores condiciones posibles.

Dotar hoy al confinamiento de sentido, hacer cosas por los demás, ayudar a quien podamos será al acabar esta situación una gran fuente de bienestar porque no tendremos la sensación de haber perdido el tiempo, de que nos han robado una parte de nuestra vida. El sentido de irrealidad lo podemos vencer dándole sentido a esta realidad en el presente.

No estamos solos, estamos todos. De esta saldremos con generosidad no con egos inflados.

Para superar la vuelta a la “normalidad” nos irá bien reconocer que debemos gestionar la nueva situación, no darla por superada sin más. También ayudará ser compasivos con uno mismo y no culparnos de las posibles dificultades que tengamos.

Preguntarnos qué hemos aprendido en este confinamiento permitirá dar sentido a las exclusiones a las que nos hemos visto obligados. Entender que los demás seguirán mayormente un proceso parecido al nuestro. Todos vamos a necesitar tiempo y herramientas para superar el vacío existencial que, en muchos casos, se producirá. Compartir con otros nuestra experiencia del confinamiento y, sobre todo, compartir cómo nos sentimos en cada momento nos ayudará enormemente a mejorar nuestro estado emocional.

Si pasadas unas pocas semanas no emergemos con naturalidad deberemos pedir ayuda profesional. No es un efecto menor el que se produce en nosotros tras un confinamiento o cuarentena.

Foto: Jorge Salvador. Unsplash.

Sin poder despedir a nuestros difuntos

despedidas muerte coronavirus

Con motivo de la pandemia del coronavirus y el consecuente confinamiento, estamos perdiendo seres queridos de los cuales no tenemos oportunidad de despedirnos. Realmente, se trata de un auténtico drama que está afectando a muchas familias. Y es que ¿es necesario para nosotros despedirnos? ¿Podemos hacer un duelo sin despedida? ¿Cómo gestionamos la pérdida en esta situación tan dramática?

Todos hemos sufrido esta adversidad o conocemos a alguien que la está viviendo.

Perder a alguien por culpa del coronavirus es una experiencia dolorosa y traumática, porque de golpe no solo perdemos a un ser querido, sino que además lo hacemos sin la necesaria visión de la realidad. Es como un engaño, como un siniestro truco de magia. Desaparecen sin saber dónde está el cuerpo, como ha pasado en mi propia familia. Estuvimos 48 horas sin saber dónde descansaba el cuerpo de la difunta.

La primera fase de una pérdida de un duelo es, sin duda, la negación: nos cuesta admitir la pérdida. Confundimos nuestra necesidad emocional, con la realidad de un hecho consumado. Nos negamos a creer que es cierto aquello que tanto nos duele, nos negamos a aceptar la pérdida, por el dolor que nos supone y se incrementa por el miedo subconsciente que la pérdida también implique olvido.

Esta fase se vuelve más dolorosa en los casos de nuestros muertos por coronavirus que desaparecen de nuestras vidas de forma súbita, sin poder despedirnos, sin poder enterrarlos, sin poder hacer las paces, sin reconciliación. Lo único real es el vacío. Es una sensación de irrealidad, como si de una ficción se tratara. Hay una profunda contradicción entre lo que sentimos y aquello que el consciente nos dice.

La consecuencia de todo esto es más dolor emocional y más retraso en la gestión del duelo. Es claramente una dificultad no deseada en ningún caso. Las pérdidas por coronavirus se asemejan a las pérdidas por accidentes cuando nuestros seres queridos se van sin más, como si la vida tuviera prisa en llevárselos, como si la vida no fuera tiempo, como si la vida dejase de existir.

En muchos casos aparece un sentimiento de culpa en los familiares, que se dicen, inconscientemente, a sí mismos que deberían haber llegado a tiempo, que tendrían que estar allí. La mente les juega malas pasadas especulando sobre cuál hubiese sido la manera de despedirse, de evitar el vacío emocional que supone no tener la oportunidad de un último adiós.

¿Qué hacer pues en esta situación de pérdida súbita?

Cada duelo es único, cada uno de nosotros tiene una relación exclusiva con el difunto. Po lo tanto, aceptar que esto es así nos ayudará a no compararnos con otras personas que lo llevan de otra manera.

La tristeza que sentimos nos puede ayudar a buscar apoyo en otros familiares y amigos que mantengan serenidad ante el suceso, que no agraven nuestro dolor. Acercarse a quien está peor que nosotros no ayudará en absoluto.

Hay que darse tiempo, es un proceso. No podemos superar la situación si nos exigimos hacerlo en un tiempo concreto. No es un objetivo superar el duelo, es una experiencia para ser vivida. Volver a nuestros hábitos nos ofrece ese tiempo que necesitamos.

Es sano buscar ayuda profesional para superar este momento. Y ojo también con lo que nos decimos, que va a determinar nuestro estado emocional. Mientras, nos ayudará escribirle una carta a modo de despedida a esa persona que se ha ido o grabarle un video aunque no podamos enviárselo ya que nos lo enviaremos a nosotros mismos.

 

Foto: Alex Baber. Unsplash.

Cómo mejorar nuestras relaciones personales en tiempos de confinamiento

relaciones en tiempos del coronavirus

Una situación de confinamiento como la actual es una oportunidad única para darnos cuenta de quién somos, de buscarnos, de descubrirnos. O, al contrario, si así lo decidimos, puede ser una situación de realce de dificultades no superadas, de recriminaciones constantes y de seguir ocultándonos, huyendo de nosotros mismos. La base de la decisión podría ser tomada perfectamente atendiendo esta frase: “Quiero sanar mi relación conmigo mismo, aceptando que lo que me hace sufrir de los demás, es lo que, aún, no he resuelto en mí”.

Mientras dura el “efecto buen ciudadano” –que quiere decir que la inmensa mayoría de personas asumimos con responsabilidad la situación y enfocamos nuestras energías en resolver de la mejor manera posible las nuevas dificultades–, no va a haber incidentes relacionales. La dificultad la preveo en cuanto la necesidad de salir de casa, sea superior a la voluntad de mantener el foco mental en sentirnos bien, en ayudar al entorno, en colaborar desde la humildad siendo uno más. O sea, en el momento que los egos empiecen a reclamar su espacio propio.

¿Qué nos hace pensar que sabremos sostener con la misma frescura el doble del primer anuncio de confinamiento? ¿Qué día empiezan a romperse las vajillas? ¿Cuánto tardaremos en culpar al otro de nuestra impaciencia, de no poder aguantar más porque es terrible y no lo puedo soportar? Nuestra madurez –que no adultez, que la ofrece el DNI– va ser puesta a prueba estas próximas semanas. Todas las personas que hemos decidido libremente aprovechar la oportunidad enorme que nos ofrece la vida para crecer, para conocernos, vamos a seguir, día tras día, sin ninguna prisa hasta que esto acabe. Acabará cuando toque, pero sin sufrimiento ninguno. Las personas que viven su felicidad en función de las circunstancias, de las situaciones exteriores o de los demás van a sufrir mucho. Se van a echar de menos a sí mismas.

Las consecuencias pueden ser nefastas, especialmente para muchas parejas que verán lo poco que se conocen, lo poco que tienen en común, lo poco que su proyecto está afianzado… Y con el riesgo de, en vez de haber aprovechado la oportunidad para conocerse –a uno mismo y al otro–, se convierten en unos desconocidos que no han sabido disfrutar de lo que la vida les ha traído para mejorarse, que leyeron mal qué nos estaba diciendo el confinamiento.

¿Cómo superar pues este confinamiento reforzando los lazos con nuestras relaciones inmediatas?

Pues, básicamente, propongo que nos formulemos ahora mismo unes sencillas preguntas:

  1. ¿Qué nos hace pensar que nuestra manera de ver la realidad es la verdadera?
  2. ¿Qué me hace pensar que el otro es culpable?
  3. ¿Es la razón la que va a guiar mi criterio? ¿La impondré?

Darnos unas respuestas adecuadas a estas preguntas puede ayudar mucho estos próximos días de confinamiento prolongado. Te ofrezco una pista: Ni mi realidad es única, ni tiene la culpa, ni tengo razón.

 

Foto: Claudio Schwarz. Unsplash.

Necesitamos conocernos más para ser más felices

ser más felices

Uno de los grandes anhelos del ser humano es ser más felices. Nos pasamos más de media persiguiéndola como si fuera esa zanahoria que ponen a algunos animales para que sigan andando y que nunca pueden coger. Y ¿por qué nos sucede esto? Porque miramos en la dirección equivocada. Nos pensamos que la felicidad está ahí fuera, que nos la van a dar todas las cosas materiales que tenemos, que nos la darán las relaciones que cuidamos, las personas que forman parte de nuestro entorno más próximo, la realización en el trabajo… Pero siento decirte que nada de esto te dará la felicidad, si primero no haces un trabajo profundo para conocerte. 

¿Y qué significa esto? Que debes dedicar tiempo a saber quién eres, qué te mueve, qué te gusta, qué está alineado con tu propia personalidad. En este vídeo, que es un pequeño extracto de una de mis ponencias gratuitas en Pangea, te cuento precisamente todo esto: Cómo la clave para ser más felices pasa sí o sí por el autoconocimiento. 

En él te hablo del Eneagrama, una herramienta de autoconocimiento súper potente. También de los diferentes arquetipos de personalidad y los diversos tipos de inteligencia que existen. Además, comparto las tres claves que todos debemos tener en cuenta para ser felices. Si quieres saber cuáles son y empezar así a trabajar en tu propio camino hacia el autoconocimiento y, por lo tanto, hacia tu felicidad, lo tienes muy fácil. Sólo tienes que darle al play en el siguiente vídeo.

Me encantaría conocer de primera mano cuál es tu experiencia y cómo vives tú tu propio camino hacia la felicidad. Así que te animo a dejar tu testimonio en el apartado de comentarios de este artículo para que podamos debatir y compartir opiniones que nos ayudan a todos a crecer. ¿Te animas? Seguro que tienes muchas cosas que aportar y de las que todos podemos aprender.

Foto: Marc Najera. Unsplash.

¿Qué pesa más: la responsabilidad o la irresponsabilidad de tu vida emocional?

responsabilidad de tu vida emocional

¿Qué pasa cuando nos responsabilizamos, auténticamente, de nuestra vida emocional? Pues, por ejemplo, que aprendemos a regular nuestras emociones, a gestionar las propias creencias y a vivir sin sentir miedo ni al ridículo ni al fracaso, tampoco al éxito y menos aún al “qué dirán”. La responsabilidad de tu vida emocional te permite vivir ya admitiendo los errores sin culpa. También darnos cuenta que estamos en constante aprendizaje y que nos comprometemos con el propósito de continuar observándonos porque no tenemos ningún otro objetivo de llegar a ninguna parte más que donde estamos ahora: en el presente.

Nos aleja de la venganza cuando nos sentimos heridos y nos acerca a perdonarnos y a comprender a los otros, sin juzgarlos. Porque en la responsabilidad no hay juicio. Desde que tomamos el timón de nuestra vida emocional aprendemos que cuando hacemos daño a otro, también nos herimos a nosotros; que pueden no gustarnos comportamientos de los otros, pero que no son terribles. Los otros hacen y nosotros decidimos si nos afectan o no. Porque…

Todos siempre hacemos lo mejor que podemos en cada momento.

La libertad emocional no es posible sin responsabilidad personal, sin compromiso con un mismo. Responsabilizarnos, serenamente, de nuestra vida emocional nos lleva cada día a protegernos de la toxicidad, a escoger a quién ofrecemos energía y a entender que no todo el mundo quiere ser ayudado. También que hay gente que no quiere conocerse a sí misma y, por lo tanto, aceptar a todo el mundo allá donde están y a decidir dónde nos posicionamos, voluntariamente.

Cuando el ego tensa fuerte, es cuando sentimos más que tenemos las riendas de nuestra vida, que somos quienes gobernamos aquello que es nuestro. Cuando tomamos conciencia que queremos influir positivamente en nuestra vida nos damos cuenta que todo se hace más fácil y más ligero, que las dificultades son todas superables.

Uno de los muchos beneficios de madurar es el compromiso que uno toma consigo mismo porque no hay que hacer nada ya con sacrificio o esfuerzo. Nos decimos: “Me quiero bastante para hacerlo todo a gusto… O no hacerlo y no sentir culpa”.

Hay que aceptar que la felicidad es nuestra responsabilidad, de nadie más ni de ninguna circunstancia. Esto supone vivir con mucha paz interior.

Liderar nuestra vida nos conduce a la libertad emocional, desde la cual nunca más dejaremos el camino de descubrirnos, de comprendernos, de compadecernos y de empatizar con un mismo y con los otros.
¿Te apuntas a la lista de líderes de su vida?

 

Foto: John Canelis. Unsplash.

¿Podemos cambiar el mercado? ¿Podemos cambiar al cliente?

¿Qué queda pues por cambiar? El valor más importante: ¡A nosotros mismos, claro!

No podemos quedarnos esperando que las situaciones cambien, no lo van hacer por sí solas. Lo harán en la medida que seamos capaces de influir en nuestra propia vida, en nuestro día a día.

Hay quien espera constantemente que todo fluya, sin su propia influencia, como esperando una intervención divina. La realidad es la que es y nosotros podemos trabajar a favor nuestro o en contra, en función de dónde nos posicionemos ante esa realidad.

El mundo comercial a menudo queda a merced de las casuísticas pues la capacidad de toma de decisiones sostenidas es poca. Hay quien le pide al universo que vuelvan otros tiempos, aquellos en que la venta era bajo demanda. Hay quien le pide al cliente que sea “bueno” y nos compre a nosotros, por ser nosotros, no porque nos ganemos su confianza. Y pocos, desgraciadamente, buscan en sí mismos las respuestas que no pueden ofrecer ni el mercado, ni los clientes ya que está en nuestro poder el hecho de cambiar.

Buscar las respuestas fuera de nosotros es vivir en constante sufrimiento por creencias limitantes, por la dificultad enorme que tenemos de responsabilizarnos de nuestra vida, por la dificultad que tenemos de asumir la capacidad enorme de influencia que tenemos en nosotros mismos. En ocasiones imparto una ponencia que empieza preguntando cómo los motivamos (a los mercados, a los clientes) y acaba preguntando cómo nos automotivamos, ¿qué nos estamos diciendo?

A los comerciales les dotamos de la mejor tecnología disponible, del mejor hardware que podemos adquirir… Pero nos hemos preguntado de verdad ¿cuál es el valor más importante en nuestro equipo comercial? Sin duda, el potencial de los comerciales, a menudo oculto para ellos mismos bajo capas de culpas, miedos y baja autoestima.

Comparto con cada vez más directivos la necesidad de dotar a nuestros comerciales del valor más importante: Ellos mismos. Acompañarlos a conocerse, a descubrirse para que todos ellos cambien esas limitaciones fruto de la interpretación realizada, hasta ahora, de la realidad y que, insistentemente, hemos ido forjando unas creencias que nos perjudican seriamente, que dificultan nuestra eficiencia y por tanto nos impiden crecer en ventas.

La Inteligencia Emocional es la gran herramienta para el cambio de creencias. Las exigencias son igual a la ineficiencia. En cambio, las preferencias son igual a preferencias.

La presión hunde, bloquea. La tensión y automotivación generan crecimiento personal y profesional.

Cuando un comercial tiene integrado en sus creencias, exigencias como: “tengo que vender ya”, “si no vendo, no valgo” y otras muchas que le generan emociones de culpa y miedo, no puede producir. Sólo venderá lo que le compren, no tiene capacidad de convencimiento.

En las ventas hay una importante dosis de aritmética: A más visitas, más oportunidades. El caso es que a esas oportunidades lleguemos con la misma frescura, con la misma eficacia. Si por el camino las creencias de exigencia que tenemos nos hunden, cuando llega la oportunidad la perdemos por ineficiencia, por no gestionar las emociones y permitir que llegue el desánimo a nuestra oportunidad. ¡Tomemos conciencia de ello!

Interés, necesidad y el deseo desbordado que todo lo transforma

En nuestra cultura se perciben negativamente las personas “interesadas”. Las catalogamos de egoístas, personas que exclusivamente quieren su propio beneficio. En cambio, percibimos mejor las personas “necesitadas” puesto que las etiquetamos de dependientes; por lo tanto, de proclives a ser condescendientemente ayudadas porque decimos que nos hacen pena.

De interesados y necesidades lo somos todos. No hay que catalogar ni etiquetar. Menos aún despreciar por tener interés o necesidad, cualidades inherentes al ser humano que, al poner emoción, transformamos en deseo. El interés y la necesidad son motores de motivaciones y propósitos que hacen que el mundo funcione, que hacen que el ser humano no quede parado y que evolucione en todos los ámbitos.

Lo que criticamos es el comportamiento teñido por el deseo imperativo. Tanto el interés natural como la necesidad los dotamos de la exigencia de que esté en el momento, que sea nuestro al precio que sea o de que cumplamos el deseo por encima de cualquier interés o necesidad de otro. Es el ego en estado puro.

Nos damos cuenta si unas cualidades fundamentales para el crecimiento humano han pasado a ser ya herramientas de nuestra personalidad y nos alejamos de la esencia en la que sería deseable se mantuviera, observando si los comportamientos son avariciosos, victimistas o manipulativos. Cuando las personas deciden que su interés o necesidad, sin filtros ni ponderaciones, pasan a ser prioritarios e imperativos para ellos, sus comportamientos necesariamente se vuelven egoístas.

También llenos de intencionalidad de poder y control sobre personas, cosas o situaciones. Han trasladado una realidad natural al mundo de la mente, al alcance de la personalidad que le reclamará la urgencia y la obligatoriedad que aquel deseo sea cumplido, sea conseguido para llenar la vanidad, el orgullo o las carencias emocionales propias de la baja autoestima.

Cuando nos dejamos llevar por los intensos deseos del ego, que transforma necesidades básicas en imperiosas o intereses elementales en imprescindibles, pasamos a un estadio de profundo malestar porque ya no queremos ser, queremos tener. Es como perseguir una zanahoria ante la nariz, que no llegamos nunca a comernos.

Es fácil que el deseo nos lleve al egoísmo, la emoción mal gestionada nos lleva a sentirnos aquello que precisamente no queremos ser: los súbditos de nuestra personalidad que demanda poder y control.

Afrontar y confrontar, dos actitudes para crecer

Afrontar los otros y confrontarnos a nosotros mismos son dos actitudes para crecer como personas. Cuando aceptamos la propia realidad y nos aceptamos sin máscara, sin huir de nosotros, estamos creciendo como seres humanos.

Confrontar quiere decir cuestionarnos, posar en entredicho nuestras creencias y maneras de hacer. Dudar de nuestras razones. Si nos confrontamos y nos preguntamos a nosotros mismos qué creencias tenemos, estamos sembrando las semillas del autoconocimiento, estamos mejorando nuestro nivel de conciencia y responsabilizándonos de la propia felicidad; en definitiva, de la propia vida.

Confrontarnos siempre ayuda a subir la autoestima porque es un trabajo en nosotros, sin testigos. Por lo tanto, aprendemos a admitir que nuestra razón, como todas, es unilateral y que estamos condicionados por nuestras creencias, fruto de nuestra interpretación de lo que hemos vivido y de qué herramientas hemos tenido a nuestro alcance.

Si nos decidimos a confrontarnos –que quiere decir preguntarnos si es nuestra personalidad (la máscara) o bien nuestra esencia (lo que somos) quién gobierna nuestras emociones–, en nuestra vida acontecerá fácilmente la posibilidad de solucionar los conflictos con los otros con toda naturalidad ya que primero hemos sido capaces de resolverlos con nosotros.

Nos habremos acostumbrado a mirarnos al espejo, no a esquivarnos. Nos habremos acostumbrado a responsabilizarnos y no a culpar los otros. Y, por lo tanto, no tendremos miedos ni nos hará falta la aprobación de los otros. Viviremos con libertad emocional.

Y así dejaremos de sufrir por el juicio de los otros, porque en la confrontación, ya hay un alto grado de humildad, de admitir que no van bien algunas cosas, que no nos gestionamos del todo bien ni nosotros, ni los otros, ni tampoco algunas de las situaciones que se van creando a lo largo del tiempo.

La manera de aprender no es preguntarnos el porqué de un hecho o de otro, el motivo por el cual una emoción u otra me hace sufrir o no hemos sabido conciliar. Responder los porqués nos abre las puertas a más preguntas ya que que los porqués son infinitos.

La pregunta que nos tendríamos que hacer es el cómo, por ejemplo:

• ¿Cómo he hecho que se ha dado esta circunstancia?
• ¿Cómo he pensado para llegar a este estado de sufrimiento?
• ¿Cómo lo he dicho que el otro lo ha interpretado diferente de lo que yo sentía?
• ¿Cómo puedo hacerlo mejor la próxima vez?

Al final, confrontar es ponerse frente a frente con un mismo, herramienta imprescindible para crecer, para ser libres emocionalmente y, sobre todo, para no engañarnos más a nosotros mismos. También para reconocer la máscara de la personalidad que, hasta que no la identifiquemos y evolucionamos, nos está gobernando nuestras creencias y comportamientos.