Qué es el talento

Qué es el talento - inteligencia emocional aplicada

Vivimos en una sociedad donde se habla mucho del talento, de nuestras capacidades, de aquello en lo que somos realmente buenos. Parece que si no tienes talento no eres nadie y esto, como te puedes imaginar, genera muchísima frustración en aquellas personas que todavía no han conseguido identificar el suyo y trabajarlo a conciencia. Pero te has preguntado exactamente ¿qué es el talento? Porque la clave está en responder precisamente esta pregunta y, de forma consciente, trabajarlo.

En esta nueva cápsula sobre Inteligencia Emocional Aplicada te cuento qué es el talento y de qué partes consta para que tú también puedas identificar el tuyo. De entrada te diré que está formado por tres capacidades: la adaptabilidad, la humildad y la perseverancia. ¿Quieres saber en qué consiste cada una de ellas y cómo empezar a trabajarlas? ¡Dale al play y te lo cuento!

 

Vivir de tu talento es posible, siempre y cuando te comprometas contigo y estés dispuesto a trabajar en tu autoconocimiento y en tu bienestar emocional. Nadie dijo que fuera ni fácil ni rápido, simplemente pide constancia y consciencia.

Si te ha gustado este vídeo, te agradeceré que lo compartas para que pueda llegar a más gente. También te animo a visitar mi canal de Youtube donde encontrarás muchos más vídeos y cápsulas como esta con otros conceptos sobre la Inteligencia Emocional Aplicada, por si quieres empezar a transitar tu camino del ego a la esencia.

Y si te gustaría empezar tu proceso de crecimiento personal acompañado, escríbeme. Me encantará guiarte y transitar contigo todos los estadios para que por fin puedas liberarte de tu ego y acercarte a tu esencia. En este apartado puedes ver cómo son los acompañamientos que imparto con mis alumnos y decidir así si ha llegado la hora de vivir libre de culpas y miedos.

Mi relación más espiritual

De mi madre aprendí su bondad, su generosidad y su enorme predisposición a ayudar a los demás. Ella fue quien me enseñó a querer, la que me acompañó en mis momentos de dolor hasta mi adolescencia. Con los años volvimos a encontrarnos, volvimos a compartir emociones. Me unía a ella un profundo lazo de afecto y amor incondicional. La admiraba por su humildad y sencillez, por su manera fácil de vivir.

De pequeño me superprotegía, nací asmático y con polidactilia, y eso a ella la marcó mucho. También era mi refugio ante las desavenencias con mi padre, con el cual nunca me llevé bien. Yo había salido a mi madre, escogí ser más parecido a ella que a mi padre.

Quizás porque ella siempre quiso tener una hija (somos tres varones), aprendí pronto a cocinar y a hacer las tareas del hogar. Me enseñó pronto a ser independiente, ¡qué gran regalo! Cariñosa, dulce y siempre dispuesta a escucharme y a empatizar con mis causas y lealtades.

La recuerdo perfectamente, estando en La Garrotxa, como al inicio de mis acompañamientos siempre me decía: Xanos, ¡tú sigue, yo estoy contigo! ¡Cuánto apreciaba yo esas palabras!

En mi proceso de mejora personal trabajé el impacto que tuvo en mí su sobreprotección cuando era pequeño y la superé. Como también el perdonarme por la relación con mi padre y, por fin, entenderle, comprenderle y aceptarle sin juicio. Hoy son relaciones sanadas y cuando pienso en ellos les doy las gracias por todo lo que me dieron.

A mi madre tuve la fortuna de acompañarla hasta su última expiración. Había ingresado justo un mes antes con un pronóstico duro, metástasis. Sabía que no saldría viva del hospital y que le quedaba poco. Por lo tanto, me puse a ofrecerle todo mi arte.

Hicimos clases en su habitación. Ella sabía que tenía cáncer, aunque no era consciente de su gravedad extrema y temía por la quimioterapia y por esa grieta llegué a ella. Trabajamos sus miedos, sus vulnerabilidades. Eso me permitió experimentar, una vez más, su grandeza, su fortaleza nacida de su humildad. ¡Qué grande, Pilar!

El día de su muerte, estaba yo por la mañana en la radio. Tenía programa a las 9,30h y pedí cambiar el guión para poder dedicárselo a mi madre y a su cuñada, que tanto la ayudó durante la muerte de mi padre y con quién tenía una sincera y auténtica amistad de años.

Me vino a ayudar mi intuición. De repente dejé la radio y me fui al hospital, estaba empezando su profunda agonía. Estuve más de tres horas con mis manos en su cara recuperándola cada vez que le faltaba aliento, hasta que tuvo el último… ¡Qué honor!

Había muerto el día de mi santo como para que no olvidase que mi nombre oficial, Alejandro*, que me lo puso ella hace 62 años luchando contra viento y marea de las costumbres de esa sociedad casposa de entonces. Aunque ella siempre me llamó Xanos, quiso morir ese día como para recordarme que siempre sería mi querida madre.

¡Gracias por todo, gracias por tanto!

*(Alejandro su apodo habitual es Jano y de ahí derivó siendo yo muy niño en Xanos)

¿Has tenido ya tu primera revelación?

revelaciones
Llamamos revelaciones o descubrimientos al hecho que, en un momento dado -cómo cuando la tiza que ayer todavía estaba mojada y de golpe por la mañana se ha secado-, se nos hace patente y evidente que hemos tomado conciencia de alguna nueva comprensión. Nos damos cuenta que aquello que entendíamos, ahora lo comprendemos con más profundidad con más clarividencia. Cuando experimentamos una revelación o descubrimiento nos sentimos felices por el progreso que sentimos en nosotros y también por la nueva perspectiva que ya intuimos. Es muy parecido, de hecho, a cuando de pequeños hacemos los primeros adelantos en el descubrimiento de los límites. ¿Verdad que de repente un día entiendes perfectamente para qué servía un conocimiento adquirido de pequeño? Pues, esto es una revelación. Las revelaciones y los descubrimientos son pasos que vamos haciendo en el aprendizaje. Por encima de todo, nos indican que vamos muy encaminados, que estamos creciendo y que este crecimiento lo vayamos integrante.
Ellas mismas eligen el momento adecuado para aparecer, para hacerse evidentes. Y es siempre el mejor momento para cada uno de nosotros. Nunca es casual.

¿Podemos hacer algo para tener más revelaciones o descubrimientos?

No directamente, sí con nuestro trabajo constante. Y es que cuanto más constancia en el autoconocimiento, más oportunidades llegarán a nosotros. También, además de constancia, más «preparados» estarán los mecanismos de integración del conocimiento adquirido.
Los caminos neuronales del cerebro están más experimentados por las personas perseverantes.
Es como la suerte. Tenemos más suerte si trabajamos más. La suerte es directamente proporcional a la implicación, a una implicación sin exigencia. A la implicación preferente. Las revelaciones o descubrimientos nos avisan que el nuevo conocimiento es coherente respeto los valores, la educación y la moralidad adquirida anteriormente y que nos enriquece para superarnos. Así pues, cuando tengo la primera revelación o descubrimiento, vendrán otras en el momento más adecuado y de manera sutil. Son silenciosas como las esencias y discretas como las almas que ayudan a crecer. Serán nuevas experiencias o nos ayudarán a profundizar en las anteriores, pero siempre existirán. Nos sentimos pletóricos al percibir una revelación o descubrimiento, llenos de alegría interna, de satisfacción por el camino emprendido y entusiasmados de percibir que empezamos a entender de qué va esto de la vida. Una revelación revela al revelado.

Cuando el cáncer llamó a mi puerta

cáncer

A primeros de marzo de 2019 me comunican que tengo cáncer de vejiga. Agresivo, frío. Pide urgencia en ser extirpado. El tabaco es la causa… En el momento del diagnóstico, hace más de 12 años que dejé el tabaquismo, que abandoné ese hábito que sustenta la baja autoestima. Pero por lo visto, sus consecuencias aún me persiguen.
La manera en la que me informan de la gravedad de la situación fue poco asertiva. Salgo de la visita con dudas, siento miedo y me pregunto: ¿Por qué precisamente ahora?, ¿qué me está diciendo esta dificultad?
Ya en el coche de camino a casa, mi pareja que siente también miedo me pregunta: “Xanos, ¿y ahora qué?”. Le respondo: “Dame media hora, voy a buscar mi centro, mis herramientas”.
Al rato, llamo a mi hija y hermanos, y a los componentes del equipo del proyecto. Les cuento la situación y les digo a todos ellos: «No sufráis, porque yo no sufro. Estoy tranquilo y sereno y así será todo el tiempo. Ya he tomado mi decisión: El cáncer no va a poder conmigo, tengo demasiadas cosas importantes por hacer, me quedan muchas personas aún por ayudar, me queda mucho por vivir».
Tomo consciencia de que lo único que puedo hacer por mí es llegar al quirófano sereno, con el cuerpo y el alma en la mejor disposición para que la cirugía haga su magia.

¿Y cómo lo hago para mantenerme sereno?

Pues aplico un conocimiento que ya hace años –desde el inicio de mi propio proceso de mejora personal– que tengo y que ha llegado su momento de máxima utilidad: El cerebro utiliza exactamente los mismos caminos neuronales para el miedo que para la confianza. Eso hace que estar en miedo o confianza dependa de uno mismo. Por lo tanto, tomé la decisión de instalarme en la más absoluta confianza en mí, en la vida, en la ciencia, en los cirujanos y en el hospital donde me operaran.
Alguien se dirá: “Pero que tú decidas que el cáncer no va a poder contigo no quiere decir que no pueda”. Le respondo: “Es cierto, pero sólo puedo aportar a la situación mi positiva actitud, mi serenidad y mis ganas de vivir de manera que toda la química del cuerpo la pongo en favor de mi recuperación”. Si el cáncer hubiese podido conmigo, me hubiese ido en paz por haber hecho lo mejor posible en cada momento. ¿Te parece poco irse en paz?
La operación de 14 horas llegó cinco meses y dos aplazamientos después. Llegué profundamente sereno al quirófano, salí profundamente sereno y sigo profundamente sereno. Conseguí mi propósito, me sentí satisfecho y feliz. Me sentí pleno, en total sintonía con la vida y conectado al universo. Mis herramientas funcionan, mi labor sigue, ¡Mi misión es más relevante que nunca!
El cáncer ha supuesto un incremento claro de mi ya trabajado nivel de conciencia a través de mi proceso personal y los acompañamientos que ya hace siete años que imparto. Lo viví como una prueba que me ponía la vida para crecer, porque estaba preparado para superarla y de mí dependía cómo y dónde posicionarme para que fuese crecimiento y no hundimiento.
Está en nuestras manos, es nuestra suma dignidad, decidir cómo afrontamos las situaciones que la vida nos va trayendo. ¡Tú también puedes hacerlo así! ¡Todos podemos!
Un fragmento del escrito que mandé a mi pareja el día antes de la operación:
“Gracias por tu acompañamiento de estos meses de espera, me han ayudado mucho. Estoy contento siendo plenamente conscientes de la situación, hemos sabido vivirla con serenidad y armonía, hemos aprovechado para crecer y no para quejarnos.
Al llegar al quirófano empieza la recuperación. Mañana empieza una nueva etapa marcada por el respeto, la estima y por seguir ayudando a los demás con nuevos retos y sueños, con cambios que la vida seguro que nos traerá, que los aceptaremos con naturalidad y sabiduría.
Nueva etapa de más autenticidad, de más nivel de conciencia. Por lo tanto, de más autoconocimiento y aprendizaje, de más humildad y perseverancia, adaptándonos.
Sabes que estoy profundamente sereno, recuérdalo en las horas siguientes y procura hacerlo llegar a todas las personas de nuestro entorno.
¡Nos vemos a la salida!”

Ahí mismo

‘Todos estamos ahí mismo’ es una expresión clara, sencilla y sincera que nos recuerda que todos tenemos un poderoso ego: inteligente, sutil y perseverante, y que siempre está al acecho.

Se trata de recordarnos nuestra humildad, sobre todo, en las personas que mejoramos nuestro nivel de conciencia. Busca también recordarnos nuestra vulnerabilidad y así mantener a raya esa herramienta tan poderosa del ego llamada vanidad.

‘Todos estamos ahí mismo’ es una forma eficaz, directa y asimilable fácilmente por nuestra mente de decirnos que el camino es siempre, que los que estamos en un proceso de mejora personal tomamos plena consciencia que es vital, no temporal.

El ego es nuestra segunda piel, es la máscara que esconde nuestras culpas y miedos y que, con una tenacidad increíble, nos lleva al pasado o al futuro –impidiéndonos el presente donde no hay dolor– rutinariamente para hacernos sufrir.

‘Todos estamos ahí mismo’ es un grito de sinceridad para con uno mismo y también para con los demás. Es una manera de tomar conciencia de que, estando alerta, sabremos gestionar las tendencias rutinarias de nuestro ego, pero solo si estamos alerta.

Es también una manera de vincularnos, un tipo de complicidad que, una y otra vez, nos recuerda el camino andado y el que queda por recorrer. Eso sí, sin esfuerzo ni sacrificio, solo aprender con naturalidad como lo hicimos al respirar.

‘Todos estamos ahí mismo’ es un grito de libertad, es una campana que resuena dentro fruto de nuestro trabajo en nosotros mismos. Es un recordatorio para vivir alerta, sin miedos ni culpas. Esta frase nos une, nos identifica como únicos, en constante cambio, como humanos que somos.

¡Gracias Bet Net por estar ahí mismo!

Con estima, dedicado a Bet Net.

Mi polidactilia: ¿Complejo u oportunidad?

polidactilia

En diciembre de 1958, cuando nací, mis padres sufrieron mucho. No solamente nací asmático, sino que lo hice con una curiosa y definida polidactilia en mi mano derecha, precisamente, siendo diestro como soy. Mis padres consultaron con todas las personas con las que tenían confianza para buscar una respuesta a esta situación.

Por un lado, en momento tan prematuro, no sabían si me producía dolor mi pulgar derecho, tampoco si me impediría desarrollarme con naturalidad. Y, por el otro, su dolor, su culpa –especialmente, de mi madre– de sentirse mal por haber dado vida a un ser “diferente”.

El caso es que, me explicaron años después, tras darse cuenta de que no había queja alguna de mi parte, supieron que yo no sentía dolor alguno y fueron constatando que no me impedía ningún tipo de actividad. Quedaba, pues, la decisión estética que la relacionaron, muy acertadamente, con la posibilidad de sufrir algún complejo que marcase mi infancia y, por lo tanto, mi vida pudiese ser alterada por el trauma que supone una diferenciación física.

El caso es que decidieron no intervenir a no ser que yo adquiriera complejo por la enorme visibilidad que tiene mi diferencia física. En aquellos años la cirugía estética estaba muy lejos de la actual y tomaron conciencia del riesgo que suponía que una operación no exitosa pudiese, entonces sí, impedir mi desarrollo funcional con normalidad.

Siempre interpreté mi polidactilia como una oportunidad: de destacar, de ser querido, incluso, de llamar la atención. Jamás proyecté pena sino, al contrario, compartía en la escuela y en cualquier ámbito mi diferenciación.

De niño y joven me apodaron “el 6 dedos” y yo siempre que tenía oportunidad chasqueaba con alegría ambos manos para acabar mostrando mi mano derecha a modo de distinción. De adulto, siendo comercial, aprendí pronto a sacarle rédito.

Al ser la mano diestra la que ofrezco en los apretones de manos, queda en la parte superior siempre del encaje, por lo tanto, me era fácil hacerle ver a mi interlocutor mi diferenciación, diciendo algo así como: “Se habrá dado cuenta de que tengo un dedo más”, entonces chasqueaba mi curioso pulgar y le hacía ver que seguro no conocía a nadie más con esta característica, siendo el resultado siempre la sorpresa de quién había compartido el apretón de manos y la consecuente alusión a mi diferenciación que hacía para el más atractiva nuestra relación. ¡Así no iba a olvidarme fácilmente!

En mis relaciones personales, especialmente de adolescente, huelga decir el uso, incluso abusivo, que hice de mi polidactilia. ¡Mejor no entrar en detalles! 😉

Mis creencias siempre fueron alrededor de esta: “Tengo un rasgo físico que me diferencia, ¡qué bien!» La pregunta es: ¿Hubiese podido marcarme de por vida esta característica?

Es evidente que sí, que de no ser por mi optimismo y mi manera vital de ver la vida –que continúa siendo así–hubiese podido entrar en bucles de victimismo y sufrimiento, culpando a mis padres y a la vida de esta situación. No ha sido nunca así, hoy con 62 años podría fácilmente someterme a una intervención y en pocos días que mi mano derecha se asemejase profundamente a mi mano izquierda y jamás he tomado esa decisión ni la tomaré. Mi polidactilia forma parte de mí, mi creencia sigue siendo la misma, no hay motivo para cambiarla, he sido siempre feliz con ella, ha sido una enorme oportunidad. ¡¡Gracias naturaleza!!

¡El presente, sin más!

el presente

Una de las principales maneras que tiene el ego para cumplir su cometido de hacernos sufrir es la de trasladar los pensamientos al pasado irreparable o al futuro inexistente. De esta forma, evita que nos mantengamos en el presente, en el que no hay sufrimiento porque no hay expectativas; solo somos sin pensamiento.

Sufrimos porque dejamos el timón de nuestra vida al pensar y no nos damos cuenta de que el pensamiento –como las creencias, el conocimiento o la razón– son herramientas propias del ego. Para vivir el presente hay que sentir, experimentar o transitar la emoción; no, el pensamiento. Mientras mantenemos la emoción como tal y no la dotamos de pensar esta se sostiene y no hace sufrir si no que se vive serenamente.

Vivir el presente quiere decir aceptar la realidad tal cual es. Es decir, sin condiciones. Fluir con la realidad, cooperar incondicionalmente con ella.

Cuando permitimos a la mente especular con beneficios o intereses, con dudas o inseguridades es cuando estamos facilitando irnos del presente al pasado o al futuro, donde en ningún de los dos casos podremos vivir en paz emocional. Básicamente, porque no es nuestra realidad.

La realidad no está hecha de pasados que podamos reparar, ni de futuros inciertos o amenazantes. Está hecha de este instante, de solo y exclusivamente de este momento, de ningún otro.

Vivir el presente quiere decir mantener la mente en el ahora. Quiere decir aprender a tomar conciencia de que podemos confiar en nosotros y que no necesitamos irnos (mentalmente) a ningún otro pensamiento anterior o posterior. Que podemos sentir sin pensar.

La mente es como un músculo del cuerpo. Si la ejercitamos podemos gobernarla, podemos liderarla. De no hacerlo, nuestra felicidad estará siempre dependiente de las circunstancias. Si las circunstancias son favorables nos sentiremos bien y si no, pues nos sentiremos mal. Perdemos así, además, la oportunidad de influir poderosamente, como humanos que somos, en nuestra calidad de vida, en nuestra realidad, en nuestro presente.

Ejercitar quiere decir aplicar, practicar ejercicios que nos ayuden a tomar conciencia de que no necesitamos hacer para ser, que no necesitamos tener para ser que no necesitamos aparentar para ser. Ya somos. Sólo que no nos dejamos ser y seguimos viviendo en el pasado irreparable o el futuro inexistente.

Experimentar el ahora quiere decir aceptar y aplazar los pensamientos que vienen. Quiere decir reconducir, una y otra vez con cariño, a esa mente que neuróticamente quiere sentirse útil, querida y aprobada por los demás.

En el presente solo hay vida, sin más. Solo hay lo que hay, ¡sin más!

¿Qué debo hacer? Lo que te da miedo.
¿Qué tengo que buscar? A ti mismo.
¿Cómo tengo que hacerlo? Pasando a la acción.
¿Cuándo tengo que hacerlo? Ahora.
¿Cómo sabré si lo hago bien? Confía.

Siéntate en tu silla predilecta, cómodamente, y pon el cronómetro en marcha a ver cuántos segundos/minutos consigues estar sin hacer nada, sin sentirte mal, sin que tu mente quiera reparar, sin que tu mente quiera imaginar.

Todas, todas, todas, las respuestas, están siempre, siempre, siempre en ti. Nunca, nunca, nunca fuera de ti.

 

Dedicado con estima a Gemma Pujol

La asertividad mejora la autoestima

asertividad

La asertividad es una de las principales herramientas de la Inteligencia Emocional Aplicada, que nos permite vivir libres de mochilas emocionales que no nos dejan alcanzar el bienestar y la paz emocional. Se trata de la capacidad que todos tenemos de manifestar nuestros deseos, reivindicarlos y verbalizarlos sin atacar ni lastimar a los demás. Aunque de entrada parece muy fácil, lo cierto es que son muchas las personas que deciden no manifestar su voluntad o lo hacen desde el ataque al otro.

En este vídeo te explico cómo la asertividad puede mejorar nuestra autoestima y por qué es importante practicarla. Una vez empieces a hacerlo desde la escucha activa, el respeto a ti mismo y la empatía con los demás, no podrás dejar de usarla. Estoy convencido. Así que dale al play si quieres saber más sobre ella.

Si te ha gustado el vídeo te agradeceré muchísimo que lo compartas con aquellas personas que crees que les puede ayudar. También que te suscribas a mi canal de Youtube porque cada semana encontrarás contenido nuevo que seguro que te ayudará en tu camino hacia el bienestar y el equilibrio emocional.

Y si te gustaría iniciar un proceso de crecimiento personal y alcanzar, por fin, el bienestar que deseas, escríbeme y te acompaño. Aquí puedes conocer cómo son los acompañamientos que hago con mis alumnos.

 

 

 

Los conflictos y cómo afrontarlos de manera exitosa

los conflictos

Los conflictos interpersonales a menudo se derivan de necesidades o intereses legítimamente diferentes y que, en un momento dado, surgen como una dificultad que pone a prueba la relación con alguien. Muchos de los conflictos no tienen la razón de ser en aquello que lo hace presente, sino en causas anteriores no muy resueltas o aclaradas.

Afrontar quiere decir resolver los conflictos con los otros, dar la cara sin eludir el encuentro con aquella situación en la que pensamos que estaremos incómodos.

En un conflicto con otra persona, evitar es perder la oportunidad de crecer como individuo, porque aquello no resuelto nos hará sufrir y generará frustración. Decirnos que el tiempo ya lo arreglará y que la culpa es del otro son solo excusas hacia un mismo.

En un conflicto la responsabilidad es compartida. No hay culpables. ¡Todos somos responsables!

A mí me gusta mucho buscar el momento adecuado para afrontar. No actuar desde la inercia emocional, sino desde el raciocinio, cuando estoy preparado. Porque, como todas las cualidades de la Inteligencia Emocional Aplicada, la empatía y la asertividad necesarias para afrontar, en buenas condiciones y por no empeorar más el conflicto, primero tienen que ser con un mismo.

Los miedos al ridículo, al error y al fracaso son detonantes clásicos de la culpa y la decepción con un mismo. Esquivando los otros, perdemos relaciones por conflictos muy sencillos de resolver por culpa de no tener herramientas emocionales a mano.

No nos creemos suficientes merecedores de afrontar las situaciones de disparidad de criterios o de diferentes opiniones. Tenemos miedo de no ser aprobados y ser, en cambio, merecedores de una actitud de juicio por parte del otro, cuando en realidad somos nosotros mismos que, no acostumbrados a confrontarnos, nos juzgamos constantemente con mucha dureza. Por eso, busco siempre que puedo la verdad soportable como herramienta, que me facilita que aquello que quiero decir estoy listo para decirlo y, además, procuro empatizar con el otro de que sea también un buen momento para escucharlo.

Cuando nos decidimos a afrontar las situaciones con otros y buscar resolver el conflicto no quiere decir que vuelvan las cosas a ser como antes. Dependerá si la confianza se ha malogrado. Las relaciones pueden salir fortalecidas después de un conflicto porque hemos abordado la situación acertadamente y el otro así lo percibe. O también puede ser que no mejore o que no consigas conducir la relación donde querrías, porque el otro así lo ha decidido. Aquí no podemos hacer más, no está a nuestro alcance decidir por el otro, pero nos habremos quedado bien con nosotros qué es lo más importante.

Sentirnos bien con nuestros comportamientos sube la autoestima. No afrontar las situaciones con los otros, la baja.

Cuando abordamos un conflicto es muy conveniente primero manifestar cierto grado de empatía con el otro, abriendo así su interés por nosotros. Expresar libremente cómo nos hemos sentido en aquella situación. Para finalmente y, a ser posible, ofrecer una alternativa de cómo nos hubiera sido aceptable para nosotros y como lo querríamos de ahora en adelante.

Se llamaba Not, un buen amigo de mí mismo

Not era un labrador, de pelo negro y tenía dos años cuando llegó a mi vida. Fue un regalo de mi hermano grande, a quien le estoy muy agradecido.

El primer día que entró en casa, todo él temblaba. Su cuerpo estaba paralizado y su cola escondida entre las patas traseras, mostraba duda y miedo de lo que estaba viviendo. Yo, en cambio, sentí una mezcla de emociones, como por ejemplo alegría, que me llevaba a acoger un nuevo amigo, y también bienestar y satisfacción, que se tradujeron al tener una buena predisposición y entusiasmo.

También sentí miedo (a no ser capaz, a no saber, a equivocarme…). En definitiva, a asumir una nueva responsabilidad. También ternura que me permitió estar conectado con aquel instante, sintiendo afecto, compasión y aprecio.

Estas emociones me llevaron a que la primera noche que Not pasó en casa, estuviera a su lado, acariciándolo, pendiente de su estado y de su respiración, dándole mi amor y confianza,

En poco tiempo, después de jugar con él, de sacarlo a pasear, de regarle una barra de pan, de hablarle y explicarle cómo había ido el día, establecimos un vínculo emocional profundo, una relación de lealtad mutua. Ahora puedo decir que fue mi mejor amigo. Nos teníamos confianza plena.

Not, hacía grandes todos los momentos.

Con él aprendí a vivir a otro ritmo, a vivir el presente con atención llena. ¡Not estaba y ya está!

Observarlo cómo se relacionaba conmigo, con los otros, con otros perros o cómo se comportaba cuando estaba solo, supuso un aprendizaje de como gestionar mis emociones. Sentirme acompañado cada día, verlo menear la cola, acercándose buscando mi afecto, esto me hacía sentir importante y también me ayudó a relativizar los días malos.

Aprendí también de su capacidad de perdonar y de olvidar de forma sincera y honesta, cuando lo reñía o cuando me olvidaba de cambiarle el agua. Él seguía mostrando su amor y alegría, y esto no tenía precio.

No hablaba, pero no hacía falta. ¡Nos comunicábamos perfectamente!

Me escuchaba con atención, sin juicios ni perjuicios. Compartir mis pensamientos con él me ayudó a aclarar las ideas y tomar decisiones.

Cuando sufrí de ansiedad y estrés de alto voltaje, me acompañó liberándome de las preocupaciones, de mis miedos y de mi aislamiento social. Cuando sentía que estaba en el abismo, el simple hecho de que estuviera, me hacía sonreír, calmarme y reducir mi estado de angustia. Fue un ejemplo de amor incondicional.

Not, también, me ayudó a entender e interiorizar los valores de la lealtad, de respeto, de responsabilidad, de gratitud, de humildad, de honestidad y de sensibilidad. Y a vivir con integridad.

Murió cuando tenía catorce años, estuve presente. Me despedí de él en paz. No le debía nada y él tampoco a mí.

Not forma parte de mi historia. Es una experiencia de vida única, un compañero en mi proceso de crecimiento personal y también en mi camino de ayudar a otros personas a crecer.

Él, como yo hoy, estaba sano. Por lo tanto, me pudo ayudar como yo hoy ayudo a otros.