Se llamaba Not, un buen amigo de mí mismo

Not era un labrador, de pelo negro y tenía dos años cuando llegó a mi vida. Fue un regalo de mi hermano grande, a quien le estoy muy agradecido.

El primer día que entró en casa, todo él temblaba. Su cuerpo estaba paralizado y su cola escondida entre las patas traseras, mostraba duda y miedo de lo que estaba viviendo. Yo, en cambio, sentí una mezcla de emociones, como por ejemplo alegría, que me llevaba a acoger un nuevo amigo, y también bienestar y satisfacción, que se tradujeron al tener una buena predisposición y entusiasmo.

También sentí miedo (a no ser capaz, a no saber, a equivocarme…). En definitiva, a asumir una nueva responsabilidad. También ternura que me permitió estar conectado con aquel instante, sintiendo afecto, compasión y aprecio.

Estas emociones me llevaron a que la primera noche que Not pasó en casa, estuviera a su lado, acariciándolo, pendiente de su estado y de su respiración, dándole mi amor y confianza,

En poco tiempo, después de jugar con él, de sacarlo a pasear, de regarle una barra de pan, de hablarle y explicarle cómo había ido el día, establecimos un vínculo emocional profundo, una relación de lealtad mutua. Ahora puedo decir que fue mi mejor amigo. Nos teníamos confianza plena.

Not, hacía grandes todos los momentos.

Con él aprendí a vivir a otro ritmo, a vivir el presente con atención llena. ¡Not estaba y ya está!

Observarlo cómo se relacionaba conmigo, con los otros, con otros perros o cómo se comportaba cuando estaba solo, supuso un aprendizaje de como gestionar mis emociones. Sentirme acompañado cada día, verlo menear la cola, acercándose buscando mi afecto, esto me hacía sentir importante y también me ayudó a relativizar los días malos.

Aprendí también de su capacidad de perdonar y de olvidar de forma sincera y honesta, cuando lo reñía o cuando me olvidaba de cambiarle el agua. Él seguía mostrando su amor y alegría, y esto no tenía precio.

No hablaba, pero no hacía falta. ¡Nos comunicábamos perfectamente!

Me escuchaba con atención, sin juicios ni perjuicios. Compartir mis pensamientos con él me ayudó a aclarar las ideas y tomar decisiones.

Cuando sufrí de ansiedad y estrés de alto voltaje, me acompañó liberándome de las preocupaciones, de mis miedos y de mi aislamiento social. Cuando sentía que estaba en el abismo, el simple hecho de que estuviera, me hacía sonreír, calmarme y reducir mi estado de angustia. Fue un ejemplo de amor incondicional.

Not, también, me ayudó a entender e interiorizar los valores de la lealtad, de respeto, de responsabilidad, de gratitud, de humildad, de honestidad y de sensibilidad. Y a vivir con integridad.

Murió cuando tenía catorce años, estuve presente. Me despedí de él en paz. No le debía nada y él tampoco a mí.

Not forma parte de mi historia. Es una experiencia de vida única, un compañero en mi proceso de crecimiento personal y también en mi camino de ayudar a otros personas a crecer.

Él, como yo hoy, estaba sano. Por lo tanto, me pudo ayudar como yo hoy ayudo a otros.

La veracidad de los miedos

miedos

¿Son ciertos los miedos que sentimos? ¿Realmente son como los sentimos? El miedo es la emoción que ha permitido a nuestra especie sobrevivir. Es una emoción que nos alerta de posibles peligros y por lo tanto nos da la oportunidad de elegir qué decisión tomar ante dicho peligro.

Pero, a mi entender, los miedos que azotan a nuestra sociedad en estos momentos no son este miedo intrínseco al ser humano. Éstos son miedos irracionales, mal interpretados y creados por nuestro ego para hacernos sufrir.De hecho, son “terribilizaciones” (exageraciones disfuncionales) que crea la mente por inseguridad y falta de criterio racional y emocional.

No tenemos herramientas para gobernar nuestro ego. No nos han enseñado cómo hacerlo, pero también es cierto que, desde nuestra mayoría de edad es nuestra responsabilidad. ¡De nadie más!

Una manera que ayuda a superar los miedos es tener claro cuáles son y a qué son. Por ejemplo:

– Miedo al fracaso: Asociado al fracaso laboral. Pero también al fracaso personal.
– Miedo al error: Asociado a equivocarse en el día a día, a pequeños fracasos.
– Miedo a perder: Asociado a la competitividad excesiva y/o también al ridículo.
– Miedo al no: Asociado a la Baja Tolerancia a la Frustración (BTF).
– Miedo al rechazo: Asociado a no ser queridos, temor a la soledad y la no aprobación de los demás.
– Miedo al ridículo: Asociado a la imagen que queremos aparentar y a la necesidad neurótica de ser vistos según un ideal pre-imaginado.

Una vez identificados, ¿qué tal si los reinterpretamos? La forma de hacerlo es asociando valores racionales que nos traerán mejoras en nuestro autoconcepto y, por lo tanto, en nuestra autoestima. Aquí tienes el listado de los miedos anteriores pero reinterpretados:

– ¿Qué es un fracaso? Un peldaño del éxito.
– ¿Qué es un error? Un aprendizaje.
– ¿Qué es perder? Una forma de poder volver a llenar.
– ¿Qué es un no? Una de las posibilidades de la realidad. Otras son un sí o un quizás, etc.
– ¿Qué es el rechazo? Una dificultad que tiene el otro para comunicarse adecuadamente.
– ¿Qué es el ridículo? Una manera cruel e innecesaria de juzgarnos, basada en un ideal irracional.

Te invito a que integres estos conceptos como parte de tu diálogo interno y verás como estos miedos quedan superados por valores sanos y de crecimiento personal.

El miedo que terribiliza en nuestro pasado o futuro no existe. Es una invención de la mente.

Si sientes la necesidad de VIVIR LIBRE de culpas y miedos, déjame acompañarte.